Racsonando ando
Los unos se miran…
y se confunden unos con unos.
Ellos suelen escribir
poemas de amor,
canciones, cuentos,
vericuetos
sobre los otros…
que desdibujan su verdadera identidad.
Se contemplan —ominosamente—
largamente,
los unos,
en los tristes espejos
de su vanidad.
Es muy de ellos:
fantasear,
construir paraísos de cucaña,
tejer…
y destejer…
falsos imaginarios
de su longeva mocedad.
En suma:
más de unos
es menos de otros…
que, viéndolo bien,
no es sino todo
de los mismos.
Como quien dice:
nada…
de nada.
Los otros —
que ya no dividen,
sino que aprendieron a multiplicar—
se mofan,
y dan rienda suelta
a su populosa hilaridad.
Aunque —hay que decirlo—
los otros negocian su amistad
con adulaciones pretenciosas
hacia los unos.
¡Pobres unos…
con estos otros!
—Dirán unos adinerados,
encopetados unos—
(que no son los mismos unos…
ahora son otros).
Entonces,
los unos caminan de puntillas…
como quien no quiere andar,
para no dejar huellas,
para no dar pistas
de su absurda realidad.
Y la realidad…
aunque no lo parezca…
ya no es de unos
ni de otros.
Mejor dicho:
de ninguno.
La realidad viaja
entre unos y otros…
camuflada.
Ella teje su ardid.
Esa es la trampa.
Y como toda dama discreta…
engatusa
a unos
y a otros.
Al final,
los unos
y los otros
danzarán —alegóricamente—
dentro de una enorme urna de cristal.
Intentando reventar sus verdades
una
y otra vez…
una
y otra vez…
sin límites,
sin medida,
sin tiempo.
Esa…
es su filosofía.
Ese…
es su don universal.
¡Es su dilema!
Racsonando ando