Alberto Escobar

Manos

 

Sus manos eran 
dos manzanas cortadas. 

—Carmen Martín Gaite.

 


Manos. 
Manos que tiemblan
y desean, y rezan, y tuercen
el pescuezo a la mentira
y mueren, en el intento. 
Manos. 
Manos que hacen y deshacen
sin solución de continuidad,
que reprimen y oprimen y gimen, 
que lloran de impaciencia, y rezan
en calles sin salida. 
Manos. 
Manos que acunan a un niño
recién bañado, que acarician
una piel ya maltrecha, que acecha
y recoge el fruto que se pierde. 
Manos, no sin sus dedos, manos, 
que no se bastan, manos, sí, 
que destiñen si el sol no da fuerte, 
manos que engañan, si no se las mira
de frente, y esas manos, las manos
de un dios que se esconde tras una nube, 
que prometen sin promesa, que venden. 
Manos, manos lacias de cansancio. 
Manos, manos fuertes ante el desaliento,
manos, manos, manos y manos,
que de aburrimiento acaban al fondo
de un bolsillo, sin saber qué decir,
sin saber qué hacer ante tanto silencio. 
Manos, y solo manos, hasta sin dedos,
muñones que de frío tiritan de invierno, 
manos, manos agrietadas por el paso
firme y constante de los relojes, manos...
Manos, manos y manos, sin guantes. 
Manos valientes, que no temen la intemperie,
manos, cuyo hielo no importa si no traspasa
la epidermis de la honra, manos, dedos, piel,
carne, venas..., consecuencia que se diluye,
que dejan una estela al pasar, mar, abrojos. 
Manos, ojos, garras, fracaso negro en las uñas, 
desgarro y desuello, desatino y desaliento, 
destino, infierno disuelto en un vaso de agua,
lluvia ácida que abona el campo, tango, maleza,
destreza, hacedera habilidad que trenza
la quiromancia de un futuro que no se espera...
Eso era, Manos, lo que quería que supieras...