racsonando

¡Códices del bien!

 

¡Códices del bien!

 

¡Predicador! “buenos días”

¿Observa usted las palmas de mi mano?
Tienen sus líneas y un horizonte
entre lo próximo y lo lejano.
La levedad del alma es un arcano.
Sírvase usted dispensarme… ¿buenos augurios?
Y a su disposición, mi cóctel de verdades.

¿Qué me garantiza si discrepo de mi hermano?
Prefiero fabulaciones fantásticas
antes que piadosas mentiras.

Las concubinas de mis acciones
pastorean su agenda de parvularios.
Las manos menesterosas son hijas sacrificadas,
vasijas de barro y monedas del don boticario,
enamoradas secretas,
negociantes de metralla sin garantía.
Algunas de ellas portan pistolas que laceran
los cuerpos y suman las almas en sus alcancías.

¡Predicador, buenos días!
Usted bien sabe unos cuantos secretos,
de esos que suelen causar abundantes risas
entre las bocas sedientas de presunción.
Gozan, disfrutan, se mofan, y lo que es peor…
somos peones burdos en el laberinto de su ascensión.

(Cosas extrañas se escuchan).
Pero el caso es que en la espiral de su fructífero caracol,
en ese tortuoso camino —cosa que da risa—,
peón es peón.

Predicador, ¡no se ría usted!
Tengo manos antiguas,
manos mutiladas,
manos exiliadas.
Mis manos no son mis manos;
tienen clavos guardados de una antigua crucifixión.

“Predicador, ¡tenga un gran día!”
No soy su digno beato,
mas pongo en su santa fe este acto de contrición.
¡Entrégueme su piadosa absolución!

 

Racsonando Ando (Oscar Arley noreña Rìos)