El tiempo,
ese viejo capitán de manos oscuras,
cabalga sobre los techos del mundo
con su látigo de viento y ceniza.
Doblega los hombros de los hombres,
los obliga a morder la vida
con dientes de hambre,
de esperanza rota,
de miedo escondido bajo la lengua.
Tal vez la vida
no sea más que un juguete de barro
entre las manos inmensas del cosmos.
Tal vez el universo
teja en silencio sus raíces invisibles
sobre el telar interminable del tiempo.
Y nosotros,
ciegos de amor y de tristeza,
seguimos respirando,
como quien escucha el mar
dentro de una caracola vacía.