Juan E. Rôdeur

MÁS ALLÁ DEL ESPACIO TIEMPO

el miedo emerge, como un sistema de autoprotección ante amenazas de lo desconocido; otras tantas veces, creo más bien que emerge un temor ante lo conocido; tememos -precisamente- porque habiendo ya vivido la situación, ella nos condujo al final a una experiencia desagradable; resulta verdad eso que un guía espiritual afirma: la tortura por situaciones frustrantes vividas son “enemigos” a quienes nosotros mismos le damos vida; y eso es por la resistencia de nuestro mismo yo que reacciona rechazando lo acontecido, es muy cierto eso que: por lo general consciente o inconscientemente forjamos un yo, vistiéndolo de una imagen tal a quien nosotros buscamos a toda costa honrar, es por eso cuando se suscitan las humillaciones, vergüenzas, incomprensiones, rechazos, reprensiones, fracasos y más, emerge una gran cantidad de energía que busca contrarrestar obstinadamente tales estados como buscando proteger el daño que se hace a la imagen que tenemos del yo; esa gran energía es una torturante angustia, creemos que tal situación no debía haber sucedido como se presentó, que tales hechos se suscitaron de manera injusta dañando nuestra persona (imagen de nosotros mismos) y entonces en la angustia nos envolvemos entre sus llamas ardientes alimentadas por nuestra resistencia de no aceptar eso mismo, de no aceptar que dolorosamente las cosas son como deben de ser, que las cosas han sido y serán como deben y deberán de ser, porque hay una fuerza superior, esa fuerza es el supremo Amor, la fuerza creadora de donde todo emergió, la fuerza que nos creó a su imagen y semejanza, es decir, nuestro origen, el Amor-origen a donde hemos de retornar, que es quién permite cada suceso en el universo; las manos de esta gran fuerza conducen a la creación en una perspectiva de eternidad, y nosotros carecemos de esa perspectiva, por eso cuando suceden hechos que a nuestro parecer dañan nuestra persona (imagen de nosotros mismos) reaccionamos resistiéndonos y consumiéndonos en el fuego infernal de la angustia.
no nos damos cuenta que como siervos y criaturas del amor la solución es aceptar tales hechos, hechos consumados o imposibles como algo superior: es doloroso sin embargo las cosas son siempre como deben de ser, no significa que no hay nada por hacer, más bien, implica hacer todo a nuestro mayor esfuerzo y al final aceptar el resultado sea cual fuere.
somos obras del amor y nuestra mayor encomienda es amar, a sabiendas de que en el amor está inherente el dolor, pero no toda dolencia es ese sufrimiento infernal, teniendo presente que aceptar el dolor como ofrenda es un dolor dulce que se transmuta en paz interior y nos conduce a la plenitud, a la felicidad, y sin embargo, lo otro, crear enemigos con la resistencia de toda clase: vergüenza, humillación, incomprensión y más, es una dolencia amarga que sólo le da vida a un gran “monstruo” de fuego en nuestro interior que nos quema en las ascuas de la angustia que es atizada a mayor resistencia; por eso mismo el antídoto es el acto contrario: apagar progresivamente -con paciencia- la llama, dejando que se consuma todo el combustible de la angustia, no resistiéndose, sino entregándose en ofrenda (holocausto), como sacrificio al Amor mismo, sin temor al dolor, [...] ser el amor mismo y entregarse, sin condiciones, sin importar lo posterior y también matando toda reminiscencia del monstruo de lo que tiene que ver con lo anterior, puesto que la angustia se alimenta de la pesadumbre (pasado) e incertidumbre (futuro), vivir el amor, en el sagrado sacrificio del amor es entregarse (como ofrenda) en un hoy.
cuando los hechos que se resisten no son hechos consumados ni imposibles, nos corresponde entregarnos en un esfuerzo al máximo de nuestras capacidades, mas el resultado dependerá siempre de la mano de aquella fuerza creadora que conduce a la creación con perspectiva de eternidad y de la cual somos sus criaturas; al final, no existirán los fracasos si: sean cual fueren los resultados, no nos resistirnos a ellos: saber en tales momentos que las cosas son como deben de ser; que la vía es no resistirse a los hechos consumados o a los imposibles, sino aceptarlos, como siervos del amor, y así mismo proseguir sin temores viviendo en un hoy; sin embargo, la aceptación no es lo mismo que resignación.
al amar no debemos temer, [...] sólo debemos amar entregándonos sin esperar nada a cambio, puesto que hay mayor dicha en dar que en recibir, debemos amar que hacerlo es degustar ya la cualidad de eternidad del amor en un estado más allá del espacio-tiempo.