racsonando

¡Guacamayas!

¡Guacamayas!

 

EL OJO DE LA GUACAMAYA: El ritual y el escupitajo

(Poema de sanación y delirio)

Las guacamayas otean con ojos dadivosos las estelas del poniente, mientras acicalan sus alas polvorientas y retiran el moho de las concupiscencias. Con la maestría de sus gentiles patas apartan la hiedra venenosa de las angustias; un ojo mayúsculo que todo lo vigila, un ojo que no parpadea ante el desaliño de los tiempos.

Y entre el canto y canto del último rap de moda, mastican el fango para la sanación de las desventuras, intentan aliviar sus dolores estomacales: esos que provoca el escupitajo de la soberbia, la bilis de las palabras negras y necias que los hombres lanzan al viento sin medida.

Es tarde en el estertor de mis delirios. El cotorreo ensordecedor parece anunciar: «Las guacamayas son sabias y hacen su incesante repicar de campanas». ¡Ya vienen, ya vienen, ya vienen…! Estridente y notorio canturreo. Vienen a limpiar con sus picos de piedra el rastro del desprecio y la herida abierta.

Las guacamayas han probado la desazón con sus bullicios, y guardarán para siempre, en sus repiques de campanas, el silencio de las mismas palabras. Ese silencio que es un templo en el abismo, donde el ojo mayúsculo se cierra al fin, para no ver más el escupitajo sobre la tierra.

Solo, en el soliloquio de mis delirios, me pregunto: ¿Las guacamayas revelarán alguna vez el secreto de sus voces? ¿O se llevarán en sus alas el rastro de nuestro lodo?

— Racsonando Ando (Oscar Arley Noreña Ríos) —