Alberto Escobar

Esa sal...

 

Había tanto amor sobre las aguas
que no podíamos hundirnos.
Había tanta calma que el tiempo
no se atrevía a contar ningún segundo. 

—Ana Blandiana. 

 

 

Ibas yendo sobre mis brazos, 
en el Mar Muerto, esos días
de verano, un calor sofocante,
un amor quemando los termómetros,
una ilusión de algo, no sé de qué.
Te llevaba en volandas, la sal
tan abundante que los brazos
se hacían innecesarios, me decías
que volabas, era la sensación,
el agua, parecía, daba paso al aire,
la sal tan espesa, el yodo tiñendo
el bañador de un azuloso marrón
que a ver cómo se lavaba.
Sobre las aguas, te mecía lenta,
una quietud expectante, nunca
ningún mar tan vivo, ibas a la deriva,
te acercabas a un horizonte 
sin cielo, reías niña, 
como si los siete años volvieran
a tus holluelos de mujer madura.
Me gustaba ser barco y verte plena,
el amor se espesaba hasta la sal,
confundiéndose con las aguas
hasta invadir su química. 
Me gustaba ser barco, sí, y llevarte
a una deriva programada, reírte tanto...
El amor se evaporaba al aire
desde la densidad contestataria
de unas aguas, y el yodo era azuloso. 
Llevamos una hora que eran segundos
—no sabía que el tiempo tuviera vacaciones—,
te balanceo para que con las olas
la sensación sea más real, vuelas bien.
Me atrevo a arrojarte al fondo
y compruebo que estas aguas carecen
de profundidad: tu cuerpo vuelve ipso 
facto a la emergencia de la superficie. 
El mar Muerto testigo, 
sus aguas chocolateando las orillas,
y la fé de un hombre salvador
que cerca de allí predicó su quimera.
Hago olas con tu cuerpo
sobre la superficie cálida
del agua, te balanceo,
hago de ti un pendulo y te lanzo,
te arrojo lejos,
te recojo para volverte a arrojar
a un precipicio sin abismo, sin caída. 
Te quiero no sé hasta qué punto,
aún dudo, dudo si debo quererte,
si merece la pena más, si las arrugas
de garbanzo en las yemas de los dedos
tienen sentido, si tanta sal quemando
esta piel tiene una recompensa.
Me gusta serte barco con mis brazos,
pasearte sobre la piel de este agua
como a una niña sin padre,
que te rías como se ríen las amapolas 
en primavera, rodeada de un trigo 
recién nacido de un secarral, erecto
al viento a la espera de un agua de mayo. 
Quiero conservar tu risa de ahora, 
esa que te sale ahora a borbotones,
esa que no sabe si tendrá saliva
suficiente para no pararse en seco,
esa que no está segura de reeditarse. 
Te dejo sola, a merced de la sal
que abarrota el agua —vas sola,
deslizándote hacia la próxima deriva. 
No sé si todavía te quiero 
o solo me apetece ser barco. 
No lo sé todavía, y mañana...
No quiero que te acostumbres
a este desliz salinoso, no sé 
si la sal durará para siempre, no sé. 
Tómate esta sal, la que recibes ahora,
y mañana, si quedara, beberás 
como bebe un mar sin luna, un mar
que no recibe río, que no puede llorar,
pues se hace sal el agua dulce que llora. 
Vamos a salir ya, que tus ojos 
son ya dos pavesas encendidas
—la sal no es buena para la vista...