Lourdes Aguilar

EL CHUECO

Sombra murió después de haber convivido con nosotros durante quince años, Antonio la enterró entre lágrimas junto a un árbol en el patio; yo también la quise, yo me encargaba de bañarla y me aseguraba que tuviera alimento y agua, pero derramar tantas lágrimas por un animal que era obvio había llegado al final de su natural existencia se me hacía exagerado, ni hablar, cada quién siente diferente. Estaba segura de que no volvería a querer ningún otro perro durante un buen tiempo, pero Antonio no pensó lo mismo, antes de los seis meses me lo encontré en el patio acariciando un cachorro flaco y sucio que además presentaba una lesión en el ojo derecho y una hinchazón en el costado trasero que le impedía tenerse en pie, el mensaje era claro: ya tenemos perro, me acerqué y siendo sincera el animal me provocó más repulsión que lástima y en un tono sarcástico le dije  a Antonio:

-¿No encontraste uno más jodido para traer?

 Antonio sólo sonrió moviendo la cabeza, ése era su perro así que debía aceptarlo; no quise saber cuánto le costó la visita al veterinario ni las medicinas e inyecciones que le tuvieron que dar para que pudiera caminar nuevamente, el caso es que pasaron los días y el animal se recuperó a medias, por falta  de medios la curación del ojo tendría que esperar y aunque caminaba su columna todavía resentía el golpe por lo cual cojeaba ligeramente y la molestia en el ojo le hacían ladear la cabeza, aunque Antonio se había hecho responsable desde el principio tanto de esas curaciones y  de su alimentación e incluso lo bañaba periódicamente, no era tan constante con la limpieza de los excrementos pero no repelaba si se lo recordaba, de eso no me podía quejar, yo no era tan atenta ni cariñosa, simplemente pasaba a su lado y él perro me miraba con su mirada triunfal y chueca por lo cual y en vista de que Antonio no le había escogido un nombre yo comencé a llamarlo Chueco.

Con el paso de los días Antonio pensó compasivamente que el Chueco permanecía solo mucho tiempo (ambos trabajábamos) así que una noche que regresé me encontré con otro cachorro, ésta vez una hembra de mirada triste y pelaje opaco, me quedé pasmada.

-¿Y ésta?

-Un amigo me pidió que se la cuide, vive en un fraccionamiento y no la puede conservar, él me va ayudar con su comida.

Quise pedirle que también viniera a limpiar las heces, pero sería inútil, mi buen Tereso de Calcuta sabía que no me opondría y limpiaría el patio resignada si era necesario.

 El amigo solo llegaba una o dos veces al mes a traer comida y al cuarto no lo volvía ver, afortunadamente lo que sí pagó fue la operación para evitarnos una probable jauría en un tiempo relativamente corto.

 Podía perdonarles muchas cosas a Antonio con respecto a los perros, como que los dejara dormir no solamente adentro sino que los subiera a dormir en su cama, que al no dejarse sacar mientras él estuviera tener que vigilar la comida o definitivamente levantarla para evitar en un descuido terminara en fauces de Shadow, que la muy conchuda subiera a la pieza de arriba y tuviera yo que bajarla a escobazos, pero lo que me exasperaba de ella es que estuviera rascando como tuza por todo el patio, probaba con todo: alambres, llantas, palos, pocetas pero era inútil, todo lo que sembraba lo rascaba como si debajo hubieran apetitosos huesos la tierra ejercía una fascinación incontrolable y no fue hasta que coloqué adoquín fue que pude evitarlo, el Chueco en cambio tenía la odiosa costumbre de despertarme en lo mejor de mi sueño con sus ladridos histéricos a medianoche, como si (decía mi abuela) le hubieran picado el fundillo con una aguja, también mostraba ese extraño comportamiento en las tardes, cuando plácidamente me sentaba a leer o escuchar algún video; en su caso probé con dispositivos anti ladridos, flores de Bach y cuando no era suficiente con aventarle  botes de agua o callarlo a chancletazos que aunque eficaces no suprimieron totalmente las manías; por si no fuera suficiente el patio era una trampa para cualquier otro animal que pretendiera incursionar en los dominios, hubo tlacuaches, ratones, iguanas y gatos atacados con saña, he de reconocer por lo mismo que ese fin bien pude ser el de cualquier intruso que intentara meterse con oscuras intenciones.

Antonio no protestaba cuando alguna de sus bestias me hacía enojar y yo estaba segura de que él era más feliz con ellas que con la gente, pero no sabía hasta qué grado, lo supe el día que regresé de trabajar y me encontré la reja abierta, Shadow andaba muy campante olisqueando bolsas de basura, pero del Chueco ni sus luces, metí a Shadow entre jalones y regaños pues olía a porquería y tuve que bañarla, le hablé a Antonio para decirle lo que había pasado, llegó en menos de media hora y sin pérdida de tiempo se puso a indagar y recorrer los alrededores, ese día no tuvo éxito y se pasó parte de la noche llorando a moco tendido, acostado con Shadow en su regazo.

 Y yo que creí por fin dormir a gusto tuve que darle ánimos a Antonio, decirle que no debía andar lejos, que seguramente volvería, pero el pobre estaba perdiendo el apetito con el paso de los días, ¿cómo era posible que un animal lo hiciera sufrir de esa manera? Le vi llegar con unas hojas de papel: eran anuncios (no sé cuándo le tomó fotos al Chueco) y una recompensa de 1,000 pesos, la mitad de lo que ganaba en una quincena, me confesó que no podría ofrecer más porque no tenía,  eso me partió el corazón y me sentí egoísta, otra vez ganaba el Chueco, pero ¿y si no lo encontraba? Desde su desaparición Antonio recorrió a pie toda la colonia y las aldeanas colocando sus avisos, preguntando y observando, llegaba cabizbajo a abrazar a Shadow derrotado.

 Sería su persistencia o mis ruegos que poco después de una semana me anunció exultante que ya lo habían encontrado e iba por él, cuando lo vi llegar con el divo en brazos lenguetéandole la cara no pude evitar sonreír, pinche Chueco, despiertas más pasión que Shakira, y desde entonces siempre tengo unos hisopos de algodón para ponerme en los oídos