Manuel Valles

Elogio de los días nublados

Llega junio deslizándose entre las piedras,

desata los cordones de la lluvia,

la niebla trae en la mañana

el canto de los pájaros

como un silbido de cristales escurridos.

Todo renace en la aldea marchita

y en el cuenco de la tierra hay agua

que brota de las fuentes del alma.

 

La niebla de junio se interna en mis cabellos,

vuelve a humedecer mi piel de lagarto,

la brisa se desmaya en la retina de las casas.

 

En la buhardilla abandonada del bosque

-esplendorosa habitación de murciélagos-

hay un postigo roto y comido por el viento,

y el moho le cierra sus párpados de madera

con la húmeda caricia del verano.

 

Se posa en mis ojos el gris

como un ave de nublado encanto,

como algo atardecido en mi cuerpo,

avejentado de rezos,

pero mi alma algo sabe,

y en vez de botar sus lágrimas al suelo,

se asen sus manos del borde de la dicha.