Rafael Parra Barrios

Hacienda La Cabaña

 

 

El vetusto torrejón  

de la Hacienda

La Cabaña,  

veia el paraiso,

ríos, valles y montañas,

que hacían del paisaje,

el penacho del mañana.

El soplo de la brisa,

su compañía, aupaba 

las gestas de cada día.

En su seno,

el ferroso trapiche,

da vida

a la bella campiña.

Allí, enseñoreado,

esprimía caña de azucar

y del néctar

de sus entrañas,

nacían dulces productos.

El molinejo,

aliado del progreso

de familias

y jornaleros,

héroes de dignas faenas,

sembraban

exquisita esperanza.  

La Cabaña,

heredad de amistad,

trabajo y pasión,

fue y es

la constante hazaña,

el elevado fragor,

empalagada vocación

del gentilicio,

que brillaba

al ritmo del sol.

Tan encantadora,

que al llegar

a sus predios,

aceleraba los latidos

del corazón.

Cosas de muchachos

y de la emoción,

decía la abuela,

aunque si era,

sentimiento

anhelante

de cada instante.

Allí, mágicos

encuentros

llenaban de bendición,

la casona,

el corredor,

sentados en  hamacas

y sillones coloniales,

pasaba el tiempo,

entre jardines

y bonitas conversaciones.

Las cadencias naturales

realzaban el horizonte.

Densos cañamelares,

bordeados de flores

y caminos bucólicos,

exhaltaban

fecundos campos,

llenos de contentos

y de prístinos encantos.