Miguel Ángel Miguélez

La llamada

 
 
 
 
 
 
 
1
 
 
Aquella llamada no fue sino la confirmación de todas sus sospechas. Tras colgar de un estrepitoso golpe el teléfono salió como alma que lleva el diablo de su habitación, perdiéndose en la humeante oscuridad del pasillo. Su rostro, siempre impasible, mostraba ahora cierta tensión cercana al frenesí que sentía cernirse sobre él, y que irremediablemente llegó una vez hubo cruzado a grandes pasos el vestíbulo del hotel.
La calle aparecía como un espectro de otra época, una hilera de farolas iluminaba de forma mediocre su transitar veloz entre la niebla camino de la gata azul. Llegó a la media hora de recibir el aviso. Apoyadas en la puerta, las prostitutas se le iban insinuando a medida que avanzaba cuando una se acercó de más, agarrándole el miembro.
—¿Tienes prisa?, quedaos un rato conmigo tú y tu amigo, parece que se alegra de verme —dijo mientras le apretaba con fuerza, él la rechazó de un empujón.
—Vuelve a lo tuyo si no quieres dormir en el calabozo esta noche —respondió con un gesto despectivo. De improviso notó un dolor intenso en la nuca y, tras tambalearse por un instante, cayó cuan largo era sobre la acera. Ella lo arrastró con dificultad entrando en el asiento de atrás; el auto aceleró y al doblar la esquina desaparecieron entre el tráfico constante de la autopista de circunvalación.
 
 
 
 
2
 
 
 
 
Mientras iba recobrando el conocimiento Juan notó que estaba amordazado y atado a una incómoda silla de metal, enfrente una larga silueta que le resultaba extrañamente familiar estaba mirándolo fijamente. Nada más comenzar a hablar reconoció su voz, pero era imposible que fuera él, él mismo lo había visto caer por el acantilado hasta hundirse bajo las violentas aguas del cantábrico, él mismo lo había arrojado y de pronto, tras doce años renacía delante de sí, con una sonrisa maliciosa en su rostro.
—Parece que te sorprende verme, no debería; bien sabes que la mala hierba nunca muere, pero antes de nada disculpa lo que voy a hacer —dijo con una mueca irónica mientras tiraba de la cinta americana, liberando sus labios— Necesito hacerte una pregunta y quiero que me respondas la verdad, ¿por qué?
—Es mi trabajo.
—¿Tu trabajo es matar a tu mejor amigo porque te lo dice tu superior?, no me vengas con esas… ¿Por qué?
—No tenía otra salida, éramos o tú o yo.
—Bien, no esperaba otra respuesta de un cobarde como tú, así que lo daré por zanjado pero ahora, viejo amigo, no te quedan salidas, vas a morir. No te diré cómo pues ni yo mismo lo sé, todo depende de Irene.
—¿Qué pinta ella en todo esto? —preguntó Juan— Fue ella quien te trajo hasta aquí, creo que en el fondo te odia más que yo.
—¡Imposible!
—Claro que es posible, era ella, la puta que se te acercó, y a la que rechazaste otra vez, pero parece que no la reconociste. Ni te imaginas lo que puede cambiar una persona cuando tiene motivos para hacerlo y tú eres su motivo.
—¿Y por qué no me lo dice ella?
—Lo hará, a su debido tiempo, de momento te ha traído a mí.
—¿Entonces la llamada…?
—Era un señuelo. Como todo pescador, hay que tener paciencia a la hora de preparar los aparejos, tender el sedal y esperar a que el cebo surta efecto y piquen, te conozco mejor que tú a mí.
—Permíteme dudarlo.
—Es tu última noche, tienes todo mi permiso —replicó Lucas con sarcasmo—. En fin, ya es momento de que me vaya y dé comienzo tu último acto.
—Se acercó a él y abriendo una navaja cortó las ligaduras que le retenían, después desapareció por la puerta dejándole solo en la espesa oscuridad de la habitación.
 
 
 
 
3
 
 
 
 
 
Juan trataba de acostumbrar la vista a esa penumbra, enfrente apenas veía el contorno de una mesa y sobre ella un vaso de agua medio lleno y un folio. Centrado en sus pensamientos iba dando vueltas, tanteando las paredes hasta que dio con el interruptor, la luz le hirió los ojos y se los tapó con la mano, poco a poco las fue retirando hasta poder ver perfectamente la estancia. Las paredes desconchadas estaban repletas de graffitis; pareciera que estuviera en una casa abandonada, pero dónde y cómo saldría de allí. La garganta le quemaba así que cogió el vaso y apuró hasta la última gota, después sentándose en la mesa comenzó a leer lo que estaba escrito a máquina en aquel papel:
“Hola Juan, si has bebido del vaso de agua te quedan solo dos horas de vida, salvo que llegues a tiempo al lugar donde se encuentra el antídoto del veneno que acabas de probar. La puerta está abierta, coge un taxi y ve al parque de la reina, allí encontrarás otra nota como esta bajo una piedra, junto al tronco del roble donde nos conocimos”
Salió corriendo y nada más llegar a la carretera se dio cuenta de que estaba en mitad de ninguna parte, el único edificio era la caseta prefabricada de la que acababa de huir. Tanteó sus bolsillos y encontró el móvil, le quedaba un hilo de batería, llamó a la compañía de taxis y mientras esperaba que llegara empezó a recordar a Irene y a preguntarse qué era lo que había hecho para que le desease la muerte, entonces empezó a entenderlo todo, ella había roto dos días después de deshacerse de Lucas, se había ido con él seguro, y quizás ya estuviera con él desde antes. Unos focos detuvieron en seco sus pesquisas.
El taxista y el taxi, un peugeot 407, parecían extraídos de una película de Almodóvar; la música de Manolo Escobar atronaba el interior con el “Mi Carro” hasta hacer que la radio del servicio fuese un murmullo ininteligible. El sujeto, con camisa hawaiana llevaba anillos enormes de níquel luciendo ostentosamente horteras en cada dedo; su barba, espesa y roja, le daba un aspecto entre lo bonachón lo ridículo y lo demoníaco, sin decir palabra ni pensárselo demasiado Juan entró y se sentó de copiloto.
—¿A dónde le llevo?
—Al parque de la reina, por favor —respondió—. Póngase el cinto, que toavía nos quea un buen rato —dijo con una voz cascada de tabaco.
Llegaron al parque tras media hora, el taxista salió a otra carrera mientras Juan se adentraba por el parque que, a esas horas, era un nido de yonquis y borrachos a cada cual más perdido. Preguntándose si no sería todo una broma o una pesadilla reconoció las ramas bajas donde había mirado por primera vez a esa jovencita a la que tanto había amado y que ahora se convertía en su verdugo, pero ¿por qué?, ¿qué le había hecho cambiar así? ¿acaso había cometido algún error imperdonable?...
En la base del tronco encontró el papel y leyó las siguientes instrucciones:
“Si has llegado hasta aquí, todavía te queda un buen trecho hasta dar con el antídoto… ¿Recuerdas aquel bar?, ¿recuerdas nuestra canción? Ve allí y pide al disc jockey que la ponga, tómate una cerveza sentado en la primera mesa y espérame”
El estómago comenzó a darle vueltas como una lavadora mientras caminaba hasta la gata azul, dando tumbos y con la cara enrojecida entró en el pub donde apenas había cuatro mamarrachos haciendo como que bailaban algo que sonaba parecido a la danza del sable solo que con mucho más bombo, techno creo que le llaman, al pobre Juan apenas le quedaba aire, pero haciendo un esfuerzo se acercó al pinchadiscos para pedirle que pusiera Wish you were here, este, muy a regañadientes y tras un buen rato de discusión accedió, más por no soportarle que por otra cosa, hecho esto fue hasta la barra como flotando y pidió una Murphy’s el camarero lo miró con desgana.
¿Está usted borracho? —preguntó— No, solo quiero una cerveza.
—Mahou, San Miguel o Voll Damm.
—Una Voll Damm entonces.
—Sentándose a la mesa echó un trago largo, tan largo que pareció perderse en el vacío ardiente de sus entrañas. De pronto se detuvo el caos rítmico y empezaron a sonar los primeros acordes de Pink Floyd, los recuerdos afloraron entonces en una lágrima que se derramó lenta y trémula por su mejilla. Una mano la recogió con una caricia, era Irene.
—¿Por qué lo has hecho?, ¿qué te he hecho o qué no he hecho?...
—¡Shhhh!... no le des más vueltas, ahora te lo contaré todo, pero antes dame un beso —susurró a su oído. Juan alzó los ojos y la vio, estaba tan radiante y tan diferente que parecía un ángel, la abrazo con fuerza y se besaron en un interminable momento hasta que, de pronto, la canción terminó, regresó el techno, cada vez a más volumen, más insoportable, más agudo e hiriente. Irene ya no estaba a su lado, se alejaba como en una nube desvaneciéndose ante él, cuyo cuerpo comenzaba a caer sin remisión a su final mientras en la mente y en su corazón se repetía una y otra vez aquella pregunta sin respuesta:
—¿Por qué?...