Miguel Ángel Miguélez

Celaje

 

 

 

 

 

El agua, a veces, quiere ser aurora

y sueña con el mar de la mañana

en un compás eterno que desgrana

el tiempo de su ser, que se evapora.

 

Asciende, poco a poco, sin demora,

en rosas, en azules, en la vana

idea de alcanzar la luz arcana

que todo lo ilumina y lo devora.

 

Se acerca a las estrellas, toca el cielo

apenas un instante, una caricia

que cubre el nuevo sol con suave celo

 

pues, tímida, en silencio, en su rubor,

desciende y cae a tierra. Así reinicia

los ciclos de la vida y del amor.