Abbo

Fantasmas de viento

¿Qué fantasmas nuevos llegaron por la brisa que bañó mi rostro al vernos como polos alejándose de sí?

 

Un vapor que nubló mi vista y abrió mis oídos a las voces muertas de un reino de sal. Allí donde las caracolas mueren y sólo queda su escudo y lo que las acompañó toda su vida. Su voluntad de vivir, su voluntad de seguir, su necesidad de andar.

 

Se me hunde la razón de nuestro andar en esas islas de sal. 

 

Puede parecer que subir escaleras no es más que pisar cemento, pero yo no venía sostenido en el suelo sino creía subir de tu mano. Bastaron siete segundos y el aleteo de un ángel para caer sumergido en medio de un mar ahogado y lúgubre. Tu lúgubre indiferencia y mi quebrada mirada clavada en las cascadas. Con las expresiones congeladas, con tu luz perdiéndose en el reflejo de mis gafas, subiste escalones guiado por una extraña necesidad de poner ventanas en tu camino, sin mirar mi sofocado descenso. Aún los fantasmas me susurran ¿para quién eran aquellas ventanas?

 

Crecen dentro de mí raíces de amarga plaga que me aleja de lo que anhelamos, y me enredan para protegerme de tu frío, pero con ello también me aislan de tu calor.

 

Me sequé como todo los árboles al final de su vida, como todos los caracoles al termianar su camino, me sequé como el camarón que muere en la sal a pesar de vivir siempre en ella. Me llevaron los fantasmas en un viento, soplaron y mi polvo se esfumó, así como tu recuerdo.