Tiempo atrás decidí pelear con la pluma,
pues cada que la tomaba
se empeñaba en hablar mal de ti.
Me aferré a tu sonrisa con tal fuerza,
que se me deshicieron manos y ojos...
Y en un frenético ataque de idealismo, les permití zarpar...
Finalmente, así no podría volver a empuñar un lápiz
que quisiera ofenderte.
Al papel lo usé sólo para leer
y para secar el llanto que con todo ahínco le oculté al mundo.
¿Quién lo creería? De la poesía hice mi enemiga
y pasé a pintar de rojo pasión a la soledad en compañía.
Atiborré de música al corazón,
buscando camuflar entre el ruido
la podredumbre de mis entrañas;
abrazando en añoranza a las mariposas
que ya revoloteaban más atemorizadas que enamoradas.
Oh, cariño, me cambié a mí por pequeñas alegrías
y por los abrazos a migajas
que efusivamente lanzabas si acaso intentaba huir.
Entre tanto, mis dedos temblorosos
acomodaban en la basura textos de los que nunca sabré (mos).
Hoy, cómo casi todos los días desde que partí
he sido presa de la incertidumbre y de la culpa,
tu nombre intruso se ha colado en mis memorias
para atormentar el reloj con fantasmas de lo que no fue.
¿Sabes? Ha pasado ya algún tiempo desde ese último escrito
que disfracé con arte para enmascarar la desesperanza.
Y mucho más desde aquellos en los que gritaba fortuna
mientras me apagaba en silencio.
Pero hoy, cariño, cómo casi ninguno de esos días,
he regresado a mi tinta para esbozar entre sollozos
la paz que tanto me falta.
Hoy, hablan mis cenizas,
esas que he mezclado con lágrimas
para esculpir unas nuevas manos que prometen no volver a callar.
He regresado a mi tinta, cómo quién regresa a sí mismo
para refugiarse en su propio pecho,
para deletrear futuros en los que ya no se oyen tus pasos.
Tal vez sea pronto para decir adiós,
pero es también tarde para un hasta luego.
Perdona las líneas chuecas y oxidadas,
dicen los poetas que son reflejo del alma...