«Quiero robar tu voz y guardarla en una caja, una pequeña caja —como aquellas de música— y cuando quiera escucharte, ponerla a tocar…» —
Él sonrió sin responder.
—La voz no le pertenece a quien habla, sino a quien la espera.
El silencio, de pronto, se hizo cuerpo en su boca.
Entonces comprendió:
Su voz,
lo había abandonado.
Claudio M. López ©