Ana Cecilia Rodezno Aviles

La Escuelita de la Coyotera

La Escuelita de la Coyotera

Allá por 1963, a ella le notificaron su plaza en El Cantón La Coyotera, Ahuachapán. Bo se lo esperaba y emocionada se preparó para emprender su viaje a dicho lugar. Eran días difíciles, estaba tratando de superar una etapa en la que en plena juventud la vida le había arrebatado una de sus piernas. Contacto al Doctor Silva, médico dueño de la única casita de ladrillo y madera del cantón. La tenía desocupada y estaba dispuesto a rentársela para que iniciara la escuelita, que no había en el lugar. La casita estaba en la esquina, camino al río de La Coyotera, según su nombre actual.

Era rústica, dos habitaciones, dos habitaciones, una salita, cocina de poyetón con olor a ceniza recién apagada. No había agua ni luz. El agua del río abastecía las necesidades del lugar. Ella se aperó con dos lámparas Coleman. Al frente había una enorme ceiba con un hermoso tronco al frente que serviría de asientos para los alumnos. El lugar era acogedor, la casita, la única de concreto y madera con un pequeño jardincito lleno de flores. Ella se hizo de un refrigerador de gas para mantener la despensa, ya que había que subir al Pueblo a comprar los víveres y asimismo ayudarse con la venta de paltas, bolis, topogigios, etc.

Para llegar al lugar era toda una odisea, la calle de tierra, lodosa en invierno, y el transporte sólo se podía hacer en carreta, a caballo o en burro.

Ella tenía dos hijas, la mayor no gustaba de esas incomodidades y siempre se quedaba con la bisabuela. La menor ansiosa al llegar las vacaciones arreglaba sus tanates t emprendía el viaje en carreta. Ella mandaba a Jorgito a traerla  Oriundo del lugar se dedicaba a cuidar sus vacas, ordeñarlas y vender leche, quesos, cuajadas, requesón. Era alumno de la escuelita de La Coyotera, aprendió a leer y escribir con rapidez y era muy bueno en cuanto a cuentas se refería. Hacía todos los mandados, el tiempo que ella desempeño su cargo estuvo siempre dispuesto a ayudar n lo que fuera.

Por las noches se reunían todos los niños y jóvenes del Cantón a escuchar los cuentos y leyendas: El cadejo, la siguanaba, el  cipitío, jajajaja, se dice que hasta llegaron a verlos.

Se jugaba al trompo, arrancacebollas, mataterotirola y las canicas que nunca faltaban.

Bajaban al río a darse un chapuzón, un recorrido como de dos kilómetros. Había una gran poza de la que los más valientes se tiraban, mientras las mujeres dl lugar lavaban su ropa y bañaban a los niños.

En algunas ocasiones el viejo Doctor hacía visita y revisaba a todos dejándoles desparasitantes y algunas vitaminas. Hasta se quedó una noche a escuchar los cuentos y las tradiciones. Se dice que esa vez se vio un perro blanco acostado a la par del refrigerador que estaba en el corredor. Era el cadejo que los acompañaba. No había perro en la casa y las gallinas cacaraqueaban, co, co, co, co…

En esos tiempos se veían muchos niños panzoncitos de lombrices y chorreados, descalzos y a medio vestir. Con la llegada de La Escuelita se les fue enseñando a los Padres y a los niños otras costumbres y hábitos. Se les enseño a tejer a las más grandecitas y a hacer flores de rafia, también trabajos manuales con palitos de paleta. Con las cajitas de fósforos vacías se hacían ladrillos de barro y quesos.

Todos se comprometían en las labores. En la vieja ceiba se colgó un enorme columpio que en las tardes balanceaba con la brisa.

Estuvo dos años, por azares de la vida una Maestra de Normal le robó la plaza. Era de Atiquizaya, pero fueron buenos tiempos. Jorgito siempre la visito hasta que se hizo hombre, cuando el cantón mejoro y formo hogar se dedicó a los suyos. Le llevaba leche, queso,  cuajada y estaba presto a cualquier necesidad que se presentará. Que días aquellos dejaron una huella en ella y su hija. Las noches de luna llena se hacía una fogata, que recuerdos aquellos….