Escuchen ustedes,
roedores del escaño,
un hombre se indigna a diario,
hastiado de los harapos
que flotan en promesas
amasadas en sus bocas.
Escuchen ustedes,
reptiles de la bancada oblicua,
ciegos ante los niños descalzos
a la orilla del adobe infinito,
junto a dos esteras vacías:
su cielo raso, su cobijo.
Escuchen ustedes,
embusteros de los pasos perdidos,
una mujer hierve su furia
en una olla de caldo sin pollo,
mientras maldice sin tregua
el ánfora obligada
donde incrustó su voto.
Escuchen ustedes,
bufones del círculo incompleto:
ya estamos saciados
de ver volar sus salivas,
salpicando burlonas
el sueño de los pobres
y su obstinada esperanza.