Tiembla de sangre la luna
en angustia de barrancas,
y a las alondras en vuelo
se les destrozan las alas.
Van por la noche los libros
a degollarse las páginas,
y al toque seco de cargas
se suicidan las palabras.
El Guadalquivir es tinta
que mancha la orilla blanca;
de las heridas, los tallos;
del tallo, la flor helada.
Los olivos lloran coplas
en las guitarras gitanas.
¡Ay, que cantan y que lloran
con boca y cuerdas cortadas!
¡Ay, que cantan y que lloran,
ay, que lloran y que cantan
a su poeta en la fragua!
¡Han matado a Federico!
¡Han fusilado a Granada!
¡Olivos, abran la tierra
con raíces enroscadas
para dormirlo en madera
y cubrirlo con su capa!
¡Ay, qué tristes mercenarios,
los sicarios de la palabra!
Claudio M. López ©