Alberto Escobar

Isaías

 

Dejad de confiar en el hombre
que tiene el respiro en la nariz,
¿Qué vale? 

— Dijo Isaías.


También dijo Isaías que Judá tiene un cáncer
y hay que curarlo. 

 

 

 

Esos hombres que andan sobre la tierra,
esos hombres que temen levantar
la mirada, no sea que el sol les dañe,
esos hombres que, frente al ciento volando
prefieren uno en mano, sí, esos hombres.
Yo me reconozco entre ellos 
aunque a decir verdad a veces me dejo volar,
flexiono las rodillas un día de sol claro
y nubes tibias, y salto, vuelo y hablo con los pájaros.
Soy de esos que ven los molinos a lo lejos
y asumen que son molinos, pero con el otro ojo,
el del chacra frontal, ilusionan gigantes y acto seguido
se encasquetan la bacía de barbero, brillante de oro,
se enristran la lanza y alzan el trasero en señal 
de aventura, aqueja con el estribo a su rocinante de turno
y se estampa contra el aspa que le toca en suerte,
rotando por unos instantes como en noria de feria
y cayendo a la grama con los huesos molidos. 
Parece que el profeta veneraba al hombre ideal,
a ese que se monta en quimeras y desprecia 
lo que la vida le pone a su paso por alcanzar el sol
y despreciar por tanto lo más valioso, el amor verdadero,
ese amor que la vida —que siempre te trae lo que necesitas—
te pone a tu paso para que bebas y comas, te alimentes
para provisión y pitanza necesaria para tanto camino delante. 
Tengo ese hombre dentro, pero estoy sabiendo postergarlo.
Tengo un Quijote que me vanagloria tenerlo pero sé
incompatible con una circunstancia que exige hechos y materia. 
Soy acuario, y el acuariano dicen que gusta de idealidades,
de soñar pero volviendo a tierra para dormir, y volver a soñar
cuando repone las fuerzas. He aprendido a ver el bosque 
detrás de las filas y filas de árboles que laterales adornan
el camino y proveen sombra refrescante. 
Voy a pararme en este risco a descansar... Oigo un ruiseñor cerca.