Ben-.

Donde lloran los perros-.

Distribuyendo riquezas

parcelas limpias de escarabajos,

sótanos desvencijados, de aroma

mustio, mortecinas alambradas

donde reposan las insignes alabanzas.

Ya recreándose, convergiendo en corrientes

trituradas, como espacios sin vértebras,

dispensando burdas imitaciones luciferinas.

Y el color de esas serpientes sin piel ni voz,

donde la roca descansa eternamente, dichosa.

O muriéndose, jazmín oclusivo, en un lento

esparcir de estambres quietos, o pistilos iracundos:
en esas leves espumas que el aire aquieta.

O resbalando, desde la altura del pino, hasta

la palabra, o la astucia, el pie enjuto o viperino.

Así, con esas perentorias rozaduras, lluvias

repentinas, celosías donde se estrellan como barcos

nocturnos, aviones, vencejos, murciélagos, sangres

enquistadas.

Con esa cabeza rota del alfiler de una navaja,

con esa quietud del imperdible fatigado sobre la caja,

con la inmensidad del costurero aplazado, o sobrevenido,

ininterrumpidamente.

Incrementando su hoguera de beneficios plácidos,

donde luego lloran los atribulados tan pálidos como hojarasca.

Y se llevan los perros la noche en su intento de usar

un juguete de saliva.

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