Alberto Escobar

Sin las abejas no...

 

Quiso Virgilio
que las abejas 
fueran una suerte de almas
que saltan de sus colmenas
en busca de fundar nuevas.

 

 

 

 

 

 


La miel, la miel de unos labios.
Me llegaste volando un día de otoño,
la hojarasca levantaba su quietud
a mi paso para buscarte, allí esperabas.
Quedamos a las cinco y ya estabas,
tenías un interés inusitado en verme,
no el mismo de otras veces 
a juzgar por la calidad de tu sonrisa.
Cuando me viste aproximarme
se te dibujó expresionista una cóncava
alegría que me suscitó un pellizco
en la entraña —supe que esta cita
iba a ser la cita...
Te sentí dentro cual gusano
que todo mi centro devora, que dueño
de mi estancia se hace y salir no piensa.
Te acercaste a oler mis margaritas
y te me sumiste profundo; no sé
por dónde entraste, si por el trastero
de mi sorpresa o por su vestíbulo.
No lo sé; solo sé que se produjo
una suerte de alineamiento planetario,
de esos que dicen los sabios 
que se produce por un azar de Dios
cada tropecientos años —Cometa Halley
dixit—, y la eclosión fue tan energética
que nos batió cual un vendaval gaditano,
cual si fuera la tempestad de las sirenas.
Dicen que las abejas son las operarias
de un telar ecológico responsable
de que todavía —a pesar de los pesares—
siga disfrutando de la mayorísima
parte de los nutrientes vegetales 
que me posibilita seguir despertándome
cada día, ir al trabajo, solazarme 
cuando no trabajo, escribir, leer...
Y la miel que nos regalan 
como producto dorado de su trabajo
es la esencia, la sustancia, tú.
Abriendo los ojos a la mañana
constato que la luz existe todavía,
miro a mi izquierda y te siento viéndome,
estabas despierta y yo sin saberlo,
mirándome como sueño y notariando
con tu plena atención mi continuidad
en tus parques, en tus sábanas, vivo. 
No pude por menos que besarte...