José Esteban Chávarro Cuéllar.

OTOÑO.

 

 

OTOÑO.

I

Ojalá y estuviera

por siempre donde estamos.

 

Para siempre presente,

no solo en la memoria

sinó entre nuestros brazos.

 

Haciendo como siempre

de su insigne sombrero,

el nimbo inalcanzable

del reino de su familia.

 

Haciendo de su asiento

duro como las rocas,

su trono campesino

de recuerdos e historias.

 

De su sonrisa sin dientes,

nuestras sonrisas burlescas,

y de su chispa serena,

el fuego de nuestras vidas.

 

II

 

Ojalá y nunca se fuera,

y estuviera suspendido

por siempre junto a nosotros.

 

Haciendo de sus canas

resistentes al tiempo

y al yermo de su frente,

-nuestra grata enseñanza

de ayeres acertados-.

 

Y de sus magnos presentes,

-símbolos de certeza

fundados de templanza-,

útiles en la búsqueda

de nuestras propias canas.

 

Haciendo de sus botas

desgastadas de calles,

-nuestros pasos huraños-.

de sus ojos cenicientos,

-nuestra luz de antaño-,

y del majestuoso ocaso de sus días,

-nuestro albor de años-.

 

III

 

Ojalá y nunca se nos fuera

y que aquí estuviera

por siempre entre nosotros.

 

Así fuera por verlo,

por tomar su mano

y llevar el cauce de nuestros torrentes

al inconfundible río de sus brazos.

 

¡Y así contemplarlo!

haciendo como siempre,

de lo simple de su ser complejo,

-nuestra cándida esperanza humana

de ser a plenitud,

nosotros mismos

pero con un todo de él-.

 

IV

 

Ojalá y nunca se nos fuera,

pero se nos va,

sin embargo, siempre se nos queda…

 

Y es preciso entender cómo se nos queda

al dejarlo partir con su verdad.

 

Tal vez por la costumbre

del beso de sus rasgos

en nuestras miradas,

nos acostumbramos a sembrar

(Los siempres momentáneos)

de su frágil tiempo,

y nos desacostumbramos

a cosechar el fruto

con el sabor del saber que son los años,

aquellos que en su exilio hacia el pasado,

se van marchando como el viento.

 

Pero que consigo

se lo van llevando

así como en otoño

a las hojas

de un gran árbol.

 

Chávarro.C