Gerardo Barbera

EL VUELO DE LA RANA

 

1

La traen en la camilla, todos corren, gritan,

trato de verla, se la llevan, cierran las puertas. 

Los vecinos llegan y no saben qué decir,

algunos caminan en círculos y se sientan.

Se derrumban los faroles de mi antiguo muelle,

y no existe mayor tristeza que verla así,

sus ojos cerrados, como alondra que se duerme.

El teléfono sigue colgado en la pared.

2

Los ritos sagrados y eternos en cada gesto,

qué se puede decir a la madre en estos casos,

“no se me angustie comadre”, “usted siga rezando”

“todo va a salir bien”, “con fe, lo malo termina”.

Colocan en mi bolsillo un rostro iluminado,

mi alma se dobla como el árbol en la colina,

mi hija está muy sola, por favor, déjenme verla,

sé que está dormida, asustada, déjenme verla.

3

La imagen del mar desaparece en el espejo,

cada tarde las gaviotas devoran insectos,

mientras los restos se desvanecen bajo el sol,

ya comienza la voraz desolación del verano.

La extraña tristeza de una sombra racional

se ha quedado en cada mirada, en cada silencio.

La música se detiene cerca de mis sueños,

mis pasos desaparecen como rosas muertas,

la oscuridad cruza  la puerta y dice mi nombre.

4.

Estoy distante, como el maniquí de la tienda,

el pobre estaba débil, con sus ojos abiertos,

nunca es bueno sentirse así, en el fondo sin fin,

bajo la terrible soledad de los abismos,

como las aves muertas en sus nidos de invierno.

Dos años y el tiempo sigue dejando pedazos,

ya ni siquiera sentimos aquellas tristezas,

“cada día mejor”, “bien, alegre como siempre”.

Las gotas caen, una, dos, el vaso se rompe.

5

En los ojos del animal el terror desnudo,

uno de los muchachos lanzó a la pobre rana

por encima de los árboles, y eso fue todo.

“Señores, buenos días, disculpen que les robe

un minuto de su tiempo, mi hija está muy enferma”.

No hay brisa que no me toque, me siento pesado,

es como caminar sobre un puente de cristal,

las miradas me persiguen y me hundo en la calle,

el agua sucia entre mis dedos, ya nada importa.

Por qué no puedo olvidar el vuelo de la rana.

6

Tengo miedo de perder las monedas pequeñas,

los zapatos viejos, sin anhelos, dos camisas,

regresan las gaviotas a dormir a sus nidos,

mis manos en los bolsillos, las ventanas rotas.

Mi hija canta los nuevos salmos con sus amigos,

hay voces secretas que se quedan en el aire,

el agua deja rastros profundos en la arena.

Dios, sólo me falta la botella de licor.

7

Mi hija no sabe nada de mis zapatos sucios,

que nadie le cuente del mendigo de la calle,

hablaré de mis batallas, de mis grandes logros,

que nunca se entere de mis penas y fracasos.

Camino sobre los pájaros y las hormigas,

hoy regaré las flores del jardín como siempre,

soporto la fría indiferencia de la calle,

y no quiero esconderme bajo el libro sagrado.

8

Siento la lejanía del mar, tengo tristezas,

todo llega, la blanca espuma sobre la playa,

verdes palmeras abrazadas en la otra orilla,

el agua en mi rostro, estrellas, la nada sin fin,

rumores tibios y lejanos en la ventana,

cuando se duerman las voces, me volveré loco.