Edgardo Benitez

Los ocho y otros cuentos breves

 

 

 

 

 

 

Los ocho y otros cuentos breves

Edgardo Benítez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE GENERAL

 

 

 

ALGO QUE DECIR PARA COMENZAR……………………………1

LOS OCHO……………………………………………………….2-5

DE LA ISLA……………………………………………………………..6-7

TENÍA LA CARA ASUSTADA………………………………………..…8-9

EN FRANCIA…………………………………………………………...10-11

LAS VENTANAS……………………………………………………..…12

NUNCA CORRAS DE UN PERRO…………………………………...13-15

VIEJAS AMISTADES…………………………………………………..16-17

DE AQUELLAS TIERRAS…………………………………...………..18-20

LA ESPERA……………………………………………………………..21-24

DOS ALAS…………………………………………………………….…25-28

MAR DE LOS SEDIENTOS. CAZADOR DE QUIMERAS…………...29

EL ALTAR SECRETO…………………………………………………...30-33

DE LOS CONFINES IMPERIALES………………………………….…34-36

EPITAFIO……………………………………………………………….…37-39

 

Algo que decir para comenzar

 

El ser humano es, en sí mismo; pero también es cultura y paisaje.

Somos capaces de observar la realidad y transformarla, aunque a la vez nos transformamos también.  Algunos bárbaros que a diario vemos caminar por la calle no se percatan de la importancia que debemos prestar a nuestras comunidades. Además, por ser gregarios por naturaleza, creamos ciudades, organizamos colonias, construimos casas en las mismas zonas, y en cada una de ellas tenemos la pretensión natural de pensar en los demás para colaborar con su desarrollo. Pero de un tiempo atrás y de manera misteriosa, brotó el individualismo que se enquista asolando nuestras comunidades y que se nos ha sido imposible erradicar aun con todos los métodos que hemos intentado. La sustancia de nuestra información genética se revela y se muestra ante nosotros, pero no nos interesa. Las antiguas generaciones que saben lo errados que nos encontramos miran la manera despiadada que los ciudadanos vamos causándonos destrozos con guerras y enfermedades ocasionados por la tensión que produce vivir en un mundo aislado de los demás, en donde no existe ni siquiera un cuenco con agua fresca que ofrecer al sediento, un saludo por la mañana, un patio donde jueguen nuestros hijos, un mendrugo de pan, ni un adiós, ni una frase de cariño y respeto. Cuando la humanidad se encuentra al borde del abismo solo queda que cada uno de nosotros se convierta en defensor de nuestra naturaleza humana y busque con intensidad restablecer esos valores de lo que en realidad somos actualmente y en lo que llegaremos a ser cuando consigamos pensar en el semejante.

 

Los ocho

No puedo afirmar que esto que vivo es un ritual obligado de mis mañanas porque no es cierto, solo es algo que acostumbro hacer de manera espontánea e inevitable: servirme el té, recibir en la puerta el saquito del pan francés horneado con leña de laurel, luego sentado a la mesa, desayunar acompañado de la desgarradora voz de Edith Piaf.

Es que aún tengo en la cresta de mi memoria las experiencias que ellos narraban, gestos con los que explican situaciones vividas con sus víctimas.

Anoche, cuando platicaba con ellos de los métodos de tortura empleados, me hablaban con las palabras usadas. Lo mío, es un intento por saber cómo viven un mundo dentro de otro, tan silencioso, sigiloso. ¿Serán amigos en realidad?

Más tarde, cuando transcurre la mañana, crecen mis molestias a causa del maderaje de la casa que no toma el brillo deseado y se profundiza el mate producido por el salitre, lengua voraz que alcanza las edificaciones de la playa. De pronto vuelvo con mi vieja costumbre de culpar al tiempo y no al mar por afectarlas y darles ese aspecto tosco, curtido. Es verdad que todo llega a su fin por el tiempo y no por la pobre calidad de los materiales. Ese es el caso de las piezas de “abedul lustrado” que son del siglo pasado y que brillan poco. Hubo tiempo que con Leonora nos esmerábamos en aceitarlas una vez a la semana, sentados en un estribo, con una franela y unas gotas de vinagre de manzana que ella misma preparaba y que resultaba ser la fórmula ideal para mantenerlas radiantes. A los ébanos, que son delicados, debíamos dar un doble tratamiento, ya que los tonos Mauritania son más propensos a curtirse.

A Eleonora no le agradaban mis pláticas vespertinas, “no está bien que hables solo”, pero yo le explicaba que hablaba con ellos. Decía que desde la cama solo escuchaba el tartamudear de mis palabras y que mis carcajadas la aterrorizaban. Se quejaba de mi alegría, no sabía que venían a platicar de distintos temas, todos de sumo interés. “Pero yo no los miro”. En varias oportunidades les pedí que entraran a su habitación para verlos y procurarles una bofetada al menos, pero nunca los vio. Por más grande que fuera mi insistencia decía no ver a nadie con el rostro enmascarado y un hacha en la mano, que no había nadie en la silla con una soga en mano lista para ponerla al cuello de algún pobre desgraciado que se encontrara en la lista de sus víctimas; que la ventana de la habitación seguía cerrada y que no percibía el nauseabundo olor a sangre.

En eso, les vendaba los ojos y las manos y los apuñalaba hasta destriparlos. No es que hablen conmigo y yo con ellos, pero los percibo y escucho con bastante claridad. “Cada día estás más loco”. Creo que nunca podré convencerla de lo que hago. Si no fuese por la plática que sostengo con ellos, me sentiría solo de verdad. ¿Comprenderá ella que son simples entidades espectrales, o sabrá acaso que fueron sus asesinos?

“Podría estar a tu lado, aunque perdieras la razón. Te cuidaría y te hablaría de ideas de antes y de siempre. Seguiría tus pasos que hoy retumban cuando abandonas la habitación para platicar con los ocho, y recalco, tus jerigonzas son las de siempre, y sabes que no quiero venganzas, lo hecho, hecho está”. Si sirve de abono a tu total desconocimiento, te soltaré el mensaje que ellos nos traen. Su presencia acá con nosotros, Eleonora, habla de romper con la utopía humana que manifiesta que la vida no termina con la muerte.

Y adentro de la tierra que habitas, platicas con gusanos, con cucarachas. Las culebras también platican contigo de los discursos de los ocho que te asesinaron y nunca dijeron tu paradero.

Y los ocho vienen a gritarnos:

«Te ajusticiamos, serás emblema. Serás olvido por ser la mujer del

terrateniente»

Yo no navegaba los mares buscando un estanque, solo seguía el rastro que dejaban los ocho. Eran enérgicos y asesinaban a cualquiera, estadistas, guerreros, a sus mujeres y a su parentela.

Hasta que llegó el gran día que tuvimos sus cabezas encadenadas con grilletes. La última vez que el pueblo los vio con vida, los transportábamos rumbo al mar, los ojos vendados y las manos amarradas. ¿Acaso conocían ellos su destino? ¿Es que acaso escuchaban cuando las olas los llamaban? ¿estarían seguros que el olor que percibían era el olor a brea y sal de los muelles?

Y escuchábamos los cantos que gritaban en mi cara:

«Te ajusticiamos, serás emblema. Serás olvido por ser la mujer del

terrateniente»

¿Sabrían ellos, cuánto tiempo de vida les quedaba antes de llegar a la playa? Por el ardor de sus pies reconocían que la arena quemaba y que el sol hacía que las pitas de sus redes les tatuara la piel… También sabían que la sangre emana por gotas cuando se junta con el calor y el salitre.

Es posible que escucharan los sonidos que saben soltar las olas cuando se estrellan contra la panga, del rechinar de los dientes al lanzar el trasmallo, o, la última revuelta eufórica que hace la curvina cuando muerde el anzuelo. Es posible que también escucharan la voz de sus madres que pedían clemencia para dejarlos escapar. ¿Y sabrían ellos que caminaban hacia el lugar donde moraban los demás asesinos?

El murmullo del mar sin embargo depende del aspecto que nos dan sus manos asesinas, de sus cabezas separadas. Las lanchas aún recuerdan y guardan silencio del momento que remolcaban sus cuerpos y eran devorados por tiburones. Pero tú ya habías muerto también. “Y yo ya estaba muerta también” Por eso cada noche vienen hacia mí, despedazados, cercenados. Con sus voces enervan mi ímpetu y aun muertos, gozo de nuevo la venganza. ¿Me entiendes ahora, Eleonora, por qué razón no los ves y tampoco te agrada que hable con ellos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la Isa

La Isa acaba de venir por tercera vez. Llegó por la puerta de atrás, pero no quise que entrara. Piensa que voy a volver con ella. Le he dicho que no retornaré a su apartamento y que me voy de acá por falta de paga. Me parece una buena excusa y, aunque no la crea, siempre me iré. Hubo día que vivimos juntos y buscaba atender mis deseos. Los cumplía, pero se molestaba. Era una mujer que fastidiaba, me decía que mi cabeza parecía un martillo, y que con esta cabeza mía nadie me consentiría. Lo peor del caso, es que yo le creía, y tenía miedo a vivir sin ella.

Se lo dije tantas veces: has conseguido morder el cielo una y otra vez y ahora me acusas de ser un desgraciado, con el único pecado de aceptar miradas y sonrisas de otras mujeres. Aunque sabes que prefiero eso a que me pongas la viñeta de ser un tipo aguafiestas.

Un día me armé de valor, la dejé, busqué otro sitio hasta que encontré esta habitación. Siempre que viene al mercado desea quedarse. La última vez que entró, intentó tocarme, trataba de soltar el broche de mi pantalón, insinuaba que me quitara la ropa, ya se había quitado la suya y me acusaba que nunca me gustó verla desnuda, y es verdad, me parece que es una mujer descuidada y no tiene agrados para mí. Cuando vivimos bajo el mismo techo, casi dos años, me rebalsaba el gusto y dormíamos hasta la una de la madrugada: jugábamos al póquer y nos metíamos a la cama de nuevo para seguir durmiendo.  Siempre terminaba diciéndome que mi cabeza de martillo no compensaba con el grosor de mi pene, que decía era pequeño. En fin, siempre peleábamos y no teníamos manera de decirnos de qué íbamos a morir. La comida que preparaba era abominable, decía: “no te gusta como cocino, siempre me reclamas y no te comes los tacos que preparo con tanto  amor para ti, ya sé que no te agrada el picante pero es por demás, sin picante no sirven los tacos”, y ella es muy mejicana pero no es el tipo de mujer condescendiente, y yo le pedía comer pupusas de queso o chicharrón, con frijolitos fritos como los que cocinan en mi patria, que no cocinara lo mismo de siempre, y eso que le daba todo lo que ganaba, y ella lo repartía en simplezas. Después de un tiempo no quería cobrarme la renta porque decía que por su culpa me estaba quedando sin ropa, después no tendrás deseos de que vivamos juntos toda la vida. Era la de nunca acabar con las discusiones. Hasta que llegó el día que se quedó sin mí. Me fui y ahora me ha encontrado. Sabe que estoy acá y ya no soporto su visita necia. Parece que el foco me alumbra y me dice que va a insistir de nuevo y sé que volver con ella sería retroceder. Espero que otro día cuando vuelva de nuevo, ya no me encuentre o tendré que confesarle que ahora disfruto comer tacos con picante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía la cara asustada

Con el dinero que junté gracias a trabajar con las bolas de fuego en la bocacalle, logré realizar algunas cosas: compré un par de vestidos, unas cómodas chinitas y no volví a dormir en el parque ya que renté una habitación pequeña situada a la orilla de la vía. La dueña era una señora de alhajas y sonrisa atractiva, claro que lo era solo conmigo.  Con los demás inquilinos era antipática y mal hablada. Era dueña del block entero con catorce apartamentos, en la parte de atrás había construido un pequeño hotel al que administraba personalmente. sin la ayuda de nadie. Ella se dedicaba a sus negocios de manera inteligente y ordenada. Creo que nos caímos bien desde mi llegada y por las noches venía a mi habitación a platicar y hacerme compañía. Decía que mi manera de comportarme le inspiraba confianza y manifestaba su deseo de apoyarme. También decía que admiraba mi coraje, estaba segura que era una herramienta que debía usar y que me serviría más adelante para resolver mi vida.  

Una noche de tantas, doña Josefa, ese era su nombre, me manifestó su confianza al ofrecerme la administración del Hotel y sus otros negocios, prometió no cobrarme la renta si aceptaba el nuevo empleo. Como le dije sí, sin pensarlo, se lanzó sobre mí y me dio un abrazo tan fuerte que me robo la respiración…  A partir de ese día, ya no visité la calle para buscar trabajo, y también tomé la decisión de alejarme de Andrés, el que era mi novio. No aspiraba cargar con su vida y la mía.

Yo pensaba que doña Josefa, cuando por las noches llegaba a mi departamento, era porque deseaba matar el tiempo. Pero lo hacía porque deseaba sentir mi afecto. Ella estaba sola, no tenía a nadie y se aseguraba de sostener mi amistad a base de regalos y estímulos.  Cada vez que venía, después de hacer cuentas, leía sus poemas y cuentos que traía en su portafolios. Eran trabajos que conservaba muy bien en folios empastadas a mano, verdaderas obras de arte.  Anoche cuando vino a mi apartamento, traía una bolsa grande, con una tarjeta en la cara anterior. Decía: “Para el ser que más admiro en este mundo”. Cuando vi el contenido del paquete me llevé una sorpresa, era un par de zapatos de plataforma. De moda. “Te vendrán bien”. “Sé que te gustará usarlos por las noches cuando venga a platicar contigo”. Tenía la cara asustada. No comprendí en realidad los alcances de aquella manera de mirarme y sonreír al verme con mis zapatos puestos. Esa noche después de muchos argumentos nos besamos. Me fue imposible resistir a sus atenciones, a tanto gusto por servir a mis intereses y necesidades. “Ya no estamos solas”, me dijo, “ahora podemos vivir como lo soñamos”. Fue así que por primera vez dormimos juntas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Francia

Fue tres años después que conocí la verdad de aquel suceso, que, en su momento, me causó una profunda tristeza, pero me liberó de la pena que tenía guardada. Para entonces, hubo que desconectar y luego cambiar el número telefónico de mi casa para evitar la molestia que me causaba el constante timbrar de la prensa y la gente queriendo saber acerca del paradero de los niños. Pero cómo aclarar algo que para mí estaba más que entendido. Si nunca quise decir de manera pública que los había visto saltar por la azotea y que, al caer al suelo, habían logrado contenerse y evitar golpearse, o quizás, morir. Esto me parecía que era como contar una historia de magazines, pero era verdad, siempre lo supe, mis hijos podían volar.

Cuando puse la denuncia de su desaparición, no quise revelar ese secreto porque me acusarían de estar loca, o que simplemente pensarían que hacía una broma con algo tan serio. Pero era verdad. Entonces fui al departamento de policía a notificar que desde anoche habían desaparecido mis hijos, que no habían vuelto de la fiesta que los habían invitado y que no sabía nada de su paradero.

Pasó el tiempo, tres años exactos, y yo sin saber nada de mis hijos. Hasta que una mañana que fui a la ciudad para comprar un poco de madera y una pasta selladora para tapar unos huecos nefastos que se habían formado en la pared de mi cocina, me detuve frente a un puesto de revistas y vi un título que me llamó mucho la atención: Jóvenes son vistos volando entre los árboles. Enigma es de esas revistas que hablan de casos extraños y que yo ya había leído algunos números. Pero en esta edición, una chica manifestaba haber tomado fotografías y videos desde su móvil y las que manifestaba no había retocado, donde se miraba claramente un grupo de jóvenes que volaban entre los árboles de una campiña vecina. Había mujeres y hombres. Pero al ver detenidamente, eran ellos, en una foto aparecían mis hijos, acompañados de una mujer que los había tomado de la mano y se disponían a posarse en una roca. Después me di cuenta que el sitio era en una localidad agreste de Francia.

Cuando me acerqué al departamento de policía para mostrar la revista y retirar la denuncia de su desaparición, el inspector que llevaba el caso me dijo, lo siento mucho, señora, no alcanzamos a llegar hasta Francia. Y colocó un sello en el expediente: “Aparecidos. Caso resuelto”, no sin antes decirme, con una franca sonrisa, si era posible le prestara la revista, ya que según manifestaba, la mañana estaba floja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las ventanas

Los vecinos del poblado del Cuartago, abrieron las ventanas de sus casas esa mañana con la firme convicción que se haría justicia.

Ayer, reunidos en la plaza, la multitud enardecida aprobó llevar a cabo la ejecución ante la vista de todos. ¡Zasca! Ya no sería en el cadalso como se acostumbraba, ahora solo la hoguera era capaz de equiparar el daño causado. Ansiosos esperaban ver arder su cuerpo.

Aunque era de todos conocido que la ley primaria demandaba: El que se encuentre libre de culpa que lance la primera piedra, a los pobladores no les importó y en tumulto, a la hora del juzgamiento, levantaron los puños y gritaron:

¡infiel! ¡infiel!  

A la hora acordada, apareció ella por la puerta del recinto carcelario. Venía escoltada por seis guardias. La traían amarrada.

Desde las ventanas, la gente acompañaba a su madre con gritos enardecidos, que con otras madres solteras hacían valla para escupir el suelo al momento de pasar la infiel frente a ellas. Algunos hombres cantaban con sus acordeones y las otras mujeres danzaban.

Luego de las palabras del superior, el verdugo, sin perder tiempo, la sujetó y amordazó al palo mayor lanzando una carcajada sobre el entarimado, arrimó los leños y les prendió fuego.

El cuerpo comenzó a arder. El humo que soltaba la carne carbonizada luchaba por entrar a las casas y ahogar a la multitud. Cuando eso ocurrió las puertas y ventanas ya estaban cerradas. Ahora la gente corría resguardando a los niños que por poco se escaparon de asfixiarse con la humareda inocente.

La humareda también se quedó en el templo del abad, hasta el día de hoy.

Nunca corras de un perro

 

De un salto había logrado salvar la verja de la casa de los Estrada hasta caer dentro del jardín. Sentía las piernas pesadas y su movimiento era lento. Las fauces del animal estuvieron a punto de atraparlo. Ahora le resultaba difícil avanzar, escapar.

—¡Vaya suerte la mía! —Alcanzó a gritar al aire.

Su respiración todavía era fuerte, sentía que por momentos se asfixiaba. Aún recordaba el penetrante olor que despedían las rosas sembradas a un lado de la cerca. También recordaba que sentado sobre el césped, podía observar al animal que aún ladraba y saltaba lanzándole mordidas que alcanzaban el enrejado.

—¡Esta vez casi te muerde! —dijo una voz penetrante y distorsionada que venía desde el pórtico de la casa.

Todavía recuerda qué con lentitud volteó la cabeza para ver quién le hablaba. También se acuerda que distinguió la silueta de una mujer que lo observaba desde el fondo del jardín.

La mujer se encontraba sentada en una silla. Aquella imagen le inspiró miedo, quiso huir, pero no podía mover sus piernas. Consideraba poco probable escapar. Solo alcanzó a responderle:

—¡Maldito perro intransigente!

Entonces la mujer avanzó, se acercaba poco a poco. Sin hablar, con la mirada puesta en él, sin expresión en el rostro.

Solo recordaba que se tiró sobre el césped y se cubrió la cabeza con las manos. Quedó en el ambiente un profundo silencio. Ella se mantenía frente a él. Pudo verle los pies, sucios, dedos desangrados, de uñas curtidas. Le extendió la mano. Todavía se acuerda de la mano fría, áspera.

—Descansa un momento, muchacho —escuchó.

—¿Y a este demonio qué curita lo habrá convocado? Solo esto me faltaba — gritó lamentándose de su desgracia.

Aquella imagen no movía la boca para hablar, ahora tenía la mirada perdida. Por el miedo que lo apresaba le era difícil reconocer sus rasgos faciales. Por momentos podía apreciar sus pronunciadas arrugas, por momentos se

desfiguraba.

—No te preocupes por el perro, ya se ha marchado. Los perros son así. Si huyes, te atacan.

—Siempre que paso frente a él, se abalanza sobre mí para intentar morderme. En esos momentos que me encuentro en una encrucijada, no sé qué hacer. si quedarme detenido a esperar la mordida o correr. Pienso que él nota mis hueros intentos por escapar y sabe que puede atraparme.

La voz distorsionada le causaba miedo, el miedo que ya conocía cuando por las noches jugaba a las escondidas con sus amigos y huían de fantasmas y apariciones en las habitaciones oscuras en la vivienda abandonada frente al cementerio. Ahora sentía los músculos entumecidos y veía como la cabeza de la mujer se iba de un lado a otro.

—¡Nunca corras de un perro! —dijo—. Tanto la muerte como un perro siempre te darán alcance, tarde o temprano.

Al escuchar esas palabras comenzó a sentir un fuerte olor que no logró identificar, entonces trató escapar de nuevo, pero sus pies continuaron pesados y lentos. Fue entonces que comprendió que tendría que quedarse postrado junto a aquella aparición, soportando la estridencia de su voz y el intenso olor.

Instantes después, ya no recordaba nada. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viejas amistades

Aquella noche se olvidaron los afectos y se frunció el ceño. Estos corraleros mordieron la manzana de Adán, tal fruta perversa. Tenían el aspecto de inocentes mozos, algo parecido a un candelabro en la noche de un velatorio. Imposible es no renegar al verme en medio de esta Incertidumbre. Profunda decepción viví cuando me encontré con estas viejas amistades en pie de muerte.  Al calor de los tragos, sollozaron, languidecieron cual niños en cuna, a modo del encanto de un jilguero mañanero.

 Pero más tarde de la noche, los puños no se detuvieron, se mandaron a la mierda el pellejo y los ornamentos; y luego, se arrimaron los llantos y las ofensas.

 ¿Quién dijo odio? o temor, o miedo.  Recordaban el viejo adagio popular: “En nombre del ser amado, se entrega la vida.”.

 Era tiempo baldío y necesario a la vez. Encuentro de dos amigos, que un día hundieron sus copas en risas cordiales y después, los arrastró el soplo del resentimiento, del celo. Yo les preguntaba: ¿Quién de los dos se quedará con ella? ¿El mejor postor?, ¿el que calza más vaina del machete?, ¿el que ensilla más rápido su garañón y muestra su giro completo? Si yo sabía que ambos eran igual de soberbios y ninguno de los dos se había dejado amedrentar. Les dije muchas veces: Ustedes son los postores de la navaja, cuchilleros empedernidos, los grandes señores de la botella de guaro, hasta los he visto presos por cuatreros en estas tierras. Les preguntaba de nuevo. ¿El que les ofrezca más rasguños a las paredes de su celda? ¿El que raye más cruces en las entradas del panteón?

 Mejor permítanle a ella que decida y diga, a cuál de los dos le extenderá su brazo para caminar por el pueblo. Para quién de ustedes soltará su cabello antes de acostarse y a quién le dará sus labios húmedos en noches de ardor y lluvia.

 Vaya postores. Ingenuos como la muerte viva.

 Entonces permitan que les revele la verdad. Así que no vayan a extrañarse cuando la miren correr buscando mis brazos.

 Para entonces, ya tendré la sangre fogosa y gozaré esta erección de bestia que ella sabe provocar y apaciguar... Hasta entonces es que ustedes podrán matarse los dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De aquellas tierras

¡Ay, Bendito! ¡Pero que es blanco te digo! ¿Qué acaso no miras como resplandece? ¿O es que acaso estás perdiendo la vista o la razón?  Porque será locura si percibes prieto el garañón que trajo don Alonso. Solo basta le preguntes a doña Leonor y te dirá lo mejor; si bien la vista no me engaña. Ya quisiera yo que los colores cambiarán a mi antojo. Los ojos me los haría de otro color, y me volvería blanquita, así no tendría problemas con los vigilantes que ya ves, como la tratan a una que ni los voltea ni a ver, que solo salgo por la compra, ahora imagina, ¿cómo estarán esos pobres eunucos en las cárceles del islote?, solo por ser negros re curtidos sin haber dicho siquiera una ofensa al aire.

Estos motivos me encabritan tanto que quisiera gritar todo esto. Así que no te confundas con los colores, que desde este día noto que te acercas la mano para mirarte los dedos gruesos y negros, y no vaya a ser que del mismo modo pierdas la razón, aunque esta sea ennegrecida.

 Ahora déjame cocinar que ya sabes que a doña Leonor le gustan los huevos pasados por agua por tres minutos para cuajar la clara, y dejar la yema cruda. Pero no tenemos reloj donde ver la hora, y yo, no obstante, trato de acercarme el tiempo a la conciencia, la clara y la yema siempre quedan duros. Y los hago de nuevo, puesto que ¡ay de mí! si los preparo duros, se molestaría tanto que me devolvería a la isla Guadalupe, y correría el riesgo de contraer viruela a la menor provocación. Porque es capaz hasta de darme un tiro si le contradigo sus órdenes. Yo quedaría más rostizada que el cerdo que prepararé más tarde para el almuerzo de los señores invitados. Ya ves que acá estamos tan acostumbradas a los horarios y no tenemos reloj. Pero así me dice, y nunca he tenido un reloj en mis manos, ni creo que nunca tendré uno.

 Al fortachón de Hilario si le regaló uno, de premio. Fue hasta cuando le pasó la detumescencia causada por la paliza que le propinaron los bandidos que lograron atraparlo. Todo fue cuando descubrieron que había tenido mucha participación en la demolición de la presa, y también, porque andaba con cien ojos encima sobre los trabajadores del algodonal.

 Él sabía que había merodeadores que intentaban ingresar a la plantación. Muy atento los esperaba con los perros y hombres bien armados.

 Este maldito, había instruido a los trabajadores, hombres y mujeres, que en su momento correrían hasta el sitio donde tenían capturado a uno de los forajidos, para que después de acertarles tremendos disparos, los meterían en sacos, y en silencio los enterrarían. A otros, después de capturarlos, los mandarían en cambalaches por mujeres. Ya sabes que doña Leonor no deseaba que esas atrocidades se hicieran públicas y mantener así la buena imagen que tenía.  Nadie de afuera se tendría que dar cuenta de la gran mortandad.  Como ella se hacía jactancias de gente de bien, muy orgullosa de sus tierras y de la calidad de sus esclavos. En fin, ya ves que ese asesino no usa el reloj para enterrar gente hambrienta. Porque los llamados forajidos, son moribundos que buscan qué comer, y que no los reconocen en los algodonales.

Somos negras y tenemos que aceptarlo. Vivimos a expensas de los desprecios y malos tratos. Sé que algún día vendrá un presidente negro y tampoco hará nada por nosotros.   Viviremos con la esperanza que algún día conoceremos el enigma ancestral del que hablaba nuestro padre. Hasta entonces llegaremos a ser liberto pensantes. Pero sabemos que, aunque gritemos: “¡que caigan los negreros!”, eternamente seremos uno menos en el pueblo.

 Ahora, déjame con madre, que mientras las alubias borbotean en el fuego, enjuagaré su espalda. Que, si bien esta vez fueron solo diez azotes, lograron lesionar sus cicatrices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La espera

Se sentó a observar a su hija que se debatía con la muerte. Se encontraba en la cama del hospital, en medio de un nudo de tubos y personal médico. Recordó aquel día cuando sentada sobre sus piernas, le platicaba… —¿Por qué no fuiste por mí al colegio, papi?

—La verdad, estuve ensayando hasta tarde y le pedí a Juan que fuera por ti.  —No es lo mismo cuando tú llegas. Juan es muy enojón, y no permite que abra la ventana del coche.

—Lo hace para protegerte de accidentes.

—Pero tú me haces falta, nunca te veo, nunca puedes venir. Mi cumpleaños pasado no estuviste y me quedé esperando tu llegada. 

Acariciaba con los dedos el rostro de su padre.

  —Recuerda que te pedí disculpas por ello. ¿O ya has olvidado que no fue mi intención faltar?

Y aún le resonaban las preguntas que nunca pudo responder y que ahora se habían convertido en un martirio.  Promesas de aquellos días que fueron incumplidas, tal vez por un descuido de esos que ocurren en la vida, quizás por indolencia, quién sabe por qué.

—¡Papito! ¿Cuándo interpretarás para mí aquella canción tan linda y que tanto me gusta? ¿Cómo es que se llama?

Los aplausos se contaron por miles. Las personas que asistieron al concierto dijeron que Ivanov estuvo sensacional, la opinión general fue que era el pianista que no se había dado en muchas generaciones. El intenso drama mostrado por su música irradiaba amor a su público. Intentó llegar al camerino, la prensa obstruía su paso. Entró y cerró de un portazo, respiró profundo, se deshizo del frac… Una mujer que se encontraba dentro, esperaba por él. 

—¿Qué haces acá? —Con un gesto de enfado. 

Lo delató la manera que lanzó el cinturón contra la pared. 

—Ya te he dicho hasta la saciedad, que no es de mi agrado que vengas.

 —Estoy aquí porque es urgente que platiquemos, deseo comprendas...

—¿Qué es lo que ocurre?, ¡tú y yo no tenemos nada de qué hablar!

—Es acerca de Karen. 

—¿Karen? ¡Dime! ¿Qué es lo que ocurre con ella?

En el rostro del artista se notó la preocupación, abrió los ojos en señal de alerta.

 —Está hospitalizada.

— ¿El qué dices? ¿Qué le ha ocurrido?  

—Un accidente de tránsito. Perdió el control del coche y se precipitó hacia el acantilado, parece que fue difícil rescatarla. Sus amigos cuentan que discutió con John, bebían juntos. De pronto, abandonó el lugar de la fiesta de manera intempestiva, parecía haber sido atemorizada por algo y no pudieron darle alcance…

 —… ¿y cómo se encuentra? ¿Imagino que has ido ya?

 —Grave, bastante grave. Vine por ti para ir a verla. Parece que...

A su llegada al hospital platicó con los médicos quienes pronosticaron un terrible desenlace.

—No es mucho lo que se puede hacer, es un “estado de coma”. Esperaremos que reaccione, por el momento no podemos hacer nada. Solo queda esperar.

—¿Cuánto tiempo estará así?

—Tal vez un día, un año. No se sabe. Es imposible tener una certeza… Hasta el día de hoy, la ciencia no ha podido contar con un registro válido que hable del estado de coma.

Le golpeaban los recuerdos.  Pensaba en la melodía que su pequeña pedía le dedicara en un concierto, algo que nunca hizo.

—¡Sr. Ivanov, Sr. Ivanov, despierte! —una enfermera le tocaba el brazo—. Son las doce de la noche. ¿Desea comer algo?

— No, gracias. La verdad que estoy agotado. Pienso que es mejor me vaya a casa. ¿Y ella, sigue igual?

— Sí, continúa en el mismo estado.

Esa noche, selló aquel encuentro con un beso en la frente de su hija. Casi daba por seguro que ya no la vería con vida.

Pasaron meses y él, aunque entregado a su música y a viajar, continuaba en la búsqueda de una solución al problema de su hija.

 Un día, después de visitar a Karen, se encaminó al teatro a preparar el concierto de la noche. Incluiría en el programa, Ballade Pour Adeline

Como de costumbre, las personas abarrotaron el teatro. Ovacionaban al maestro. Para finalizar su participación, abandonó el piano y de pie, dijo:

 “El siguiente tema, deseo dedicarlo a una persona que en este momento está con nosotros, aunque no físicamente, ya que se encuentra en un hospital de la ciudad, en cuidados intensivos. ¡Ella es mi hija!

Al escuchar esas palabras, “el respetable” se puso de pie y atendió en silencio. Ballade Pour Adeline fue ejecutada de forma magistral. De la multitud brotó una ovación prolongada.  Ivanov con los brazos abiertos, lloraba y recordaba a su hija. Los presentes se abrazaron, el ambiente era diferente.

Al finalizar el concierto ni el público ni la prensa se agolparon para pedir autógrafo o a solicitarle una entrevista, al contrario, abrieron el paso para que caminara con libertad hacia el camerino. Al abrir la puerta, encontró a su mujer que sin mediar palabra corrió hacia él y se lanzó a sus brazos.

—¿Qué haces acá?

Ella, sin mediar palabra, lloraba apoyada en su pecho. La espera había terminado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos alas

Nuestra casa estaba emplazada en el fondo de la barranca, no era un palacio, pero venía a ser el trofeo por la victoria conseguida tras la guerra: vivienda mínima a cada uno de los combatientes.

Juntos disfrutábamos de los logros. Desde el patio engramado no era posible mirar la carretera que conducía al pueblo, pero sí era un buen lugar donde descansar y ver el amanecer. A ella no le gustaba permanecer allí, decía que había demasiados insectos que mortificaban su piel blanca y tersa, que no la dejaban en paz. Hubo más de una vez, que, por las tardes, nos sentábamos a conversar a la sombra del mango de la Bavaria Fruit Estate que venía incluido con la casa. Nos confiábamos secretos de esos que no se le cuentan a nadie. Me encantaba ver sus mechones rubios que caían sobre su rostro y hablaba de su madre, del tiempo que estuvo exiliada y de la manera difícil que vivieron junto a otra amiga de la Universidad, de la lucha que llevaron por hacer desaparecer la ley del Apartheid, y todo lo difícil que significó convivir con gente de color siendo británica. Así pasábamos horas enteras contándonos anécdotas acerca de las luchas populares, de los tormentos, de los días en prisión y cuando fuimos liberados. Lloraba al recordar la gente que murió por el ideal de que los seres humanos conviviésemos en paz.

Esta mañana no ha sido igual a las demás: un café servido con particular desagrado me pareció suficiente indicio y dio la certeza de que todo había terminado. Ese gesto suyo, de tanta frialdad, me confirmó que cumpliría lo hablado la noche anterior donde, hubo gritos y ofensas. No era su voluntad asustarme, pero dijo que se marcharía. Aquel fuerte deseo de permanecer juntos que por años se adueñó de nosotros, había finalizado.

“Debo salir”, le dije con voz debilitada. Sabiendo que ya no la vería, no hice nada

por persuadirla, aunque no soy muy dado a besuqueos ni abrazos, me nació hacerlo, me pareció que un beso en esas condiciones sería como decirle que le deseaba lo mejor.

Desde nuestro patio engramado comencé a caminar sin rumbo fijo, quizá buscando una respuesta a mis dudas o alguna solución a mi problema. Pensé en Horac, un amigo de la infancia que describía muy bien los instantes con mujeres: “Son encantadoras si se enamoran”. Lo más sorprendente, decía, es la alegría con la que despiertan. “La fémina satisfecha, amanece que solo es risa y risa. Canta mientras barre, te sirve el desayuno en la cama y te pide que no abandonen el momento. Todo esto ocurre al instante que ronronea sobre tu oreja y el cuello”. 

¿Te sorprendo?, le dije, ¿te sorprende mi visita? Es que hablas tanto de las mujeres: la mía no creo encontrarla cuando esté de vuelta en casa, es más, pienso ya irá muy lejos. 

“No creas tú que conozco la verdad de las mujeres, por eso es que recomiendo a alguien que sí sabe. Posible te venga bien el dato”. Me habló de «La Regana».

“Este hombre tira las cartas, fuma el puro, crea almizcles milagrosos y limpias. Te llena de verdaderas noches de pasión y fuego. Él posee la fórmula perfecta.

Eso sí, no vayas a preguntar nada, ni siquiera de como perdió su brazo”. 

Y fue así que consulté con el manco de «bigote de Hitler», esa era su estampa. Costaba creer que ese hombre que vivía en un rancho de paja sin puertas y que no se quitaba el sombrero por nada, era la solución para evitar que mi mujer se fuera.

Hizo que me sentara en una silla colocada al centro de un círculo teñido con la sangre de una gallina que degolló frente a mí. Calzaba sandalias de cuero con dos alas estampadas Corría hasta el pequeño altar donde colgaba la foto de ella que le di al llegar. Mientras danzaba Afrikáans Blues le pegaba un jalón al puro que tenía entre las brasas preparadas con alquitrán y hojas de guarumo seco — trababa los ojos, alzaba la voz, decía jerigonzas—. “Ahora, tú, dale un sorbo al té y una calada al puro”, mientras pasaba por mi cuerpo un ramo grueso de hojas resecas que olían feo. Y cuando soltaba el humo, cerraba los ojos y fruncía la cara, más de lo que la tenía. “No era fácil tragar tanto humo toda la mañana”, pensé.

«Con esto basta, es suficiente. Con ello tendrá y se afianzará a tu cuello como nunca lo hizo».

No quise caminar hacia casa. Un par de tragos al entrar la noche aliviaron mi pena. Nunca había escuchado música Góspel en una cantina. Un grupo coral originario de Lesoto me hizo orar, cantar, aplaudir y emborracharme. 

Logré llegar hasta la casa como pude.

“No ha salido en todo el santo el día”, me dijo una vecina cuando le pregunté.  Una vez entré, la vi: parecía esperar por mí, sentada en el sofá con las piernas recogidas, descalza y de falda corta. Su mirada no era la de siempre. No sé si se marchó alguna vez, si se cumplió el mandato hechicero o fueron mis oraciones en la taberna. 

Anoche dormimos poco. La luz luna que entraba por la ventana fue testigo de cómo el color de mi piel volvió a confundirse con el de ella y la desvergonzada manera que volvió a gimotearme al oído lo bien dotado que era.

Después del festejo, extrañado, la escuché cantar en inglés mientras hacía limpieza. 

Por la tarde, charlamos en el patio, tirados sobre el césped bajo el árbol de mango y con los insectos encima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mar de los sedientos. Cazador de Quimeras

Después de un largo recorrido por el desierto de Súber, antes llamado bosque de Súber, deforestado por la inconsciencia del ser humano, El Cazador de Quimeras y su pueblo llegaron a la ribera del arroyo Gris. Lucía oscuro y sucio como resultado de la deforestación y la contaminación. Enseguida, adentrándose en el río envenenado conversó con sus aguas: 

«¡Oh, fuente cristalina, tomo con mis labios un sorbo de tu transparencia! Es acá donde mis entrañas y mi rostro quieren ser parte de tu frescura, de tu dulzura natural, dulzura poderosa. Acaricia mi piel, suaviza mis mejillas, entrégame tu pureza y confúndela con la mía. Convierte mi esperanza en realidad. Permite que yo sea parte de tu pureza, de tu esencia vital y que mi alma, al espejo, en reflejo celestial, contemple tu grandeza. Es acá donde el encuentro con otras especies alienta a vivir en alianza, en armonía. Resuena en tu humedad el golpe tras golpe contra las peñas; pareces no encontrar tu destino. Es tu eterno andar, esta es tu vida. Y cuando los rayos del sol rompen en mil estrellas en tu ser, buscando su encuentro con el todo, tú los devuelves al viento.»

En unos minutos, el sucio río se volvió transparente. Todos muy impresionados se adentraron en él, bebieron de sus aguas y juguetearon.

Desde lo alto de una colina eran vigilados por un grupo de guerreros, adoradores de Azófar, quienes, sorprendidos e incrédulos, lanzaban críticas y hablaban de lo que veían. Luego, subieron a sus Salamandras y se marcharon. Este era un grupo que con hipocresía manifestaban ser castos y solteros.

 

 

El altar secreto

Busqué al Filósofo en el presidio. Mi contacto era el Zarco. Él me llevaría hasta donde se encontraba. Era allí donde me dijeron que debía hacer la entrevista.

Pero me encontré algo más que una simple entrevista para mi tesis de Filosofía. Era un lugar viejo, sucio y asqueroso, con el piso lúgubre. Todo el mundo gritaba y reía. La algarabía era tan estridente que no dejaba escuchar lo que el Filósofo me decía, pero me las ingeniaba para compenetrarme tanto de su plática que no era obstáculo para escucharlo. 

Con un leve movimiento de su cabeza y sus manos me hizo señas para que nos apartáramos hacía un lado del patio. Luego le indicó al guardia algo que no alcancé a escuchar. Y el escolta con un juego de radios móviles nos condujo a la segunda planta donde nos hizo pasar a un cuarto con puerta cerrada. Un arrinconado lugar donde cabían dos mesas. La otra se encontraba sola, y ahí deposité mi folder con todos los papeles que cargo. El ruido dejó de ser molesto. Allí hablé con el Filósofo:

 Acepté responder a sus preguntas porque sé que no hablaremos de las causas por las que me encuentro acá. Es un tema que ya está más que resuelto. Tengo algún tiempo de vivir acá, si es que a esto se le puede llamar vida. Y no tengo el ánimo suficiente para parecer optimista, pero, es la verdad. Hoy es uno de esos días que mi existencia se encuentra complicada. Desastrosa. Me he sentido como debe sentirse un equilibrista haciendo maromas sobre el borde de una bacinica usada. Hace tres noches asesinaron a mi compañero de celda y eso me traerá consecuencias.

 En cada instante detenía la plática para voltear a ver alrededor, con energía.

Volvía con su mirada a penetrar en mis ojos. Se recomponía el mostacho mal cuidado y un poco de pelo tirado sobre el rostro, tomaba aire, torcía la boca, y volvía con la mirada penetrante. 

Le formulé un par de preguntas, saqué mi grabador portátil y lo eché a andar.  

«No crea que toda mi vida he deambulado las calles en busca de un trago. No. Hubo un tiempo que fui joven y estudié. Con la ayuda de mis padres logré graduarme y pude llevar una vida, normal. Igual que muchos. Cuando ellos murieron, heredé la propiedad más grande de la zona. Acostumbrado a una vida ufana y llena de lujos, decidí casarme. Y lo hice, ella era tan linda, pero tuve que hacerlo, no podía permitirle que estuviera en otras manos.

¿Es la muerte un presagio del destino? ¿Es el destino un diseño calculado por algo o alguien? ¿O es nada más un efecto de la mala suerte? ¿O es que acaso existen momentos en que la vida te juega una mala pasada?

» Tuve que llegar hasta este lugar para darme las respuestas a estas y a otras interrogantes que he acumulado en mi vida y que   nunca, nadie pudo responderme. 

Hasta hoy desconozco por qué tuve que ser yo. ¿Qué si me han destruido? Sí, me acabaron. Pero, también es cierto que, algo he aprendido. Al menos, a reconocer que no todo en la vida es hermoso cuando parece serlo.  

 La vida en la cárcel es dura. Se encuentra llena de calamidades y desgracias, y todas mis acciones van encaminadas a subsistir. La muerte ronda a mi lado, en cada movimiento, en cada paso. y se ha convertido en fiel compañera. Acá todos pensamos en asesinar a alguien y todos pensamos que alguien quiere asesinarnos. Acá es donde se conjuntan todos los ímpetus perversos en toda su expresión. Nunca pensé que el mal sería el factor común de miles de hombres y mujeres que rondamos estos espacios.

» Algunas veces nuestros actos van encaminados a hacer el bien, estoy seguro de ello, pero de espontaneo ocurre un acontecimiento que retuerce nuestro actuar y al final, terminamos haciendo daño. Como dije con anterioridad, es posible que no sea con esa intención, pero daño al fin. Me preguntas, ¿Qué si es el destino? No lo sé. Ya he dejado de creer en todo. Estando acá se pierde todo. En la puerta de entrada de este recinto quedó mi sapiencia y mis creencias.

Mi fe y mi esperanza. En el portón de entrada de el “Al Vahó” quedó mi otro yo. Este que hoy soy, es el otro, el que desconocía, el que salta desde mi interior y se abalanza sobre mí y me dice que el camino a la libertad lo erijo yo, lo recorro dentro de mí porque la libertad, soy yo.

He dejado de creer en todas esas mentiras que me enseñaron acerca de la libertad. Patrañas decrepitas. Inocentadas, cuentos para bobos. Al fin encontré la verdad. Que sencillo era reconocerlo, y yo no lo hacía. ¿Por qué tuve que tardar tanto tiempo en reconocerlo? Si la libertad que interesa es la que me hace pensar en mí, sin ataduras, sin alienación. Si la búsqueda de todas mis ataduras es la que me llevara a encontrar lo que siempre he investigado: Mi propia naturaleza. 

He roto mi dependencia con el mundo y viviendo en él. No puedo aislarme, no debo aislarme. Necesito estar incorporado al mundo, pero no engañado de que eso sea lo mejor. Ahora sé, que es por mi forma de pensar que debo erigir mi destino, que mi destino se encuentra en mi forma de pensar. Es mi vida la que cuenta. Que hermosa se ve la vida en libertad. Y los miles de reos, y los miles de esclavos que deambulan a mí alrededor. Todos aportando esa cuota de sufrimiento a la atmósfera para que ella se alimente de basura, de veneno que expele cada uno de los habitantes de este globo terráqueo. El sufrimiento que desplaza el cerebro de cada humano, es como la alcantarilla de aguas negras de la ciudad más poblada del mundo.

Aquél hombre sembró la cabeza sobre la mesa y me percaté entonces que lloraba. Así pasaron varios minutos entonces   comprendí que la entrevista había terminado. 

Cuando salí de allí respiré profundo y di gracias a la vida por saberme libre y en libertad. 

El gustillo del aire que hoy respiro nunca fue el mismo desde aquel día.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De los confines imperiales

Aunque se hacía atrapada en aquel silencio donde no llegaban los gritos de nadie, aprovechaba la noche para soñar, momentos que no entendía por qué transcurrían tan pronto: hablaba sola y lloraba: ¡qué debo hacer esta tarea y prontamente llegaba la siguiente orden! Las había escuchado desde la niñez, nunca entendió que hizo de mal si no ha tenido culpa de nacer mujer. No recuerda cuántos hijos ha parido y su único deseo era que no fueran mujeres para que no vivieran así. Vuelve a su niñez, el gran estallido, el pueblo, las casas acabadas, los padres muertos, sus recuerdos.

¿Podrían las otras treinta señoritas sobrevivir a este injusto cautiverio?

El tono blanco con rojo con el que está pintada la casa no era usual. Preguntarán por qué ese color y debo responder que es algo que desconozco, la noche que llegamos llovía a cantaros y no vimos nada. Desperté llorando y aun no sabíamos dónde estábamos.

Cuando comenzamos a recorrer sus pasillos fuimos descubriendo aquel color por todas partes, los baños, las habitaciones, el comedor, los quioscos, todo sin explicación.

Sentado a su escritorio, el señor Akemi, hombre mal encarado despreciable como los mismos días y el inclemente viento que acarreaba el polvo hasta la habitación, movía a discreción el humo de su habano. Estaba tan preocupado por el ánimo de las chicas que descuidaba el retoque espinudo de su cabello. No podía evitar mostrar el aspecto agresivo de su embrionaria calvicie.

Él también parecía ser parte del silencio de la casa atada a la extraña afición ancestral. Aunque le hemos dado hijos sanos, atentos. Vestidas de manera discreta vagamos por los senderos de la casa sin mediar palabra. Conviviendo con las araucarias, recogiendo las briznas y también recordando los días cuando nuestros padres nos enseñaron como servir el té, sumisas, ¡y que aún recuerda su natal Hiroshima!

Los nativos se colgaban de los balcones de las ventanas para intentar mirar hacia adentro. Pasaban horas interminables husmeando lo que ocurría. Por esa razón, él mandó a poner un amplio cortinaje rojiblanco siempre.

Pero no es la casa en sí lo que la muchedumbre deseaba conocer, sino que a las japonesas que nunca han visto, que nunca salen a la aldea, que nunca platican con nadie, y que hay vehículos que entran y salen con personas extrañas que tampoco hablan. ¿Deseaban platicar con ellas acaso? Se ha dicho hasta la saciedad que la habitan mujeres tan extrañas: tienen los ojos rasgados, su pelo liso, negro, de labios finos y nariz pequeña en contraste con las pieles morenas y labios gruesos nuestros. ¿Estarían enteradas del nombre de la isla donde se encontraban?

Y vienen los que se hacen llamar Investigadores científicos. Son hombres que visten gabachas blancas, explican venir del instituto de investigación nacional. ¿Qué acaso era otra de las mentiras que les dijeron? ¡Patrañas!, debo confiar secretos familiares a esta gente que de seguro me convertirán en otro bebé y tendré que olvidarme de volver a casa. Las otras chicas manifiestan su malestar al venir a hacer pruebas y quedamos defraudadas con la noticia que nos quedaremos otros nueve meses más. ¿Será otro de esos experimentos para inmortalizar la raza y el Imperio?

Hasta hoy, decía, no he visto en la casa dos hijos iguales. De los japoneses, sus ojos rasgados, de lo demás de su cuerpo ya se conoce su semblante. Proteger a las crías y refugiarnos en las habitaciones de la parte trasera del patio de los cipreses, las garitas que usamos de recreo. Luego entregar las crías y la tonta alegría cuando se las llevan, con la esperanza de quedar en libertad, pero, con los días, otra visita de los llamados hombres de ciencia y otro embarazo, y otros nueve meses a la espera de nada. ¿Será la eternización del imperio? ¿Qué tanto miedo de extinguirse tiene el Emperador?

Me toma de la mano, me acuesta en la camilla y comienza a untar una crema después de abrirme las piernas y llegar con la cánula hasta la infinidad del vientre, de obligarme a que les hable, pero no he podido contra la turbación que me provocan.

Cuando nacían varones él se encargaba de desecharlos para que no hubiera competencia del ADN del reinado de la cánula. La cánula no entiende de caricias, era fría y solo entraba a cumplir la misión y luego a la bolsa de desechos. Ocurrió siempre así en la casa roja y blanco que existe en algún lugar del mundo pero que nadie conoce.

Pero da igual recoger la basura por la madrugada que recogerla por la noche. Sentado a su escritorio, el señor Akemi. También cuchichea con Natsuki por la media noche, Con ella no utiliza cánula alguna. ¿Pensará ella en la libertad de las otras mujeres? Con el cortaplumas le cruza el cuello. Liquidar a los guardias y cargar con los pertrechos era la continuación del plan. Destronado el complejo de seguridad, de las llaves de los portones, de las alarmas, la población las espera afuera. Sin idioma en común, los aldeanos, sus chozas, sus lanzas, sus barcazas, benévola liberación. Esa madrugada los aldeanos festejan que el Imperio también ha sido derrotado en el archipiélago y que en adelante su progenie tendrá ojos rasgados también.

 

Epitafio

Cuando se marchó, lo hizo sin lágrimas en sus ojos. Las terminó viviendo a mi lado. No cabe duda que hemos intentado cumplir nuestra tarea, tarea que nos ha permitido reconocer los errores cometidos en el pasado de manera espontánea. No hay duda que equivocarnos ha sido un mal necesario, pero también reconocemos que nuestra piel es testaruda y se da a la tarea de recordarnos en cada uno de nuestros pasos que hemos envejecido, que el tiempo nos subyuga a su antojo y que dejamos de ser los dueños de nuestra voluntad. No dudo que este instante al que hemos llegado, representa la famosa justicia absoluta a la cual nos referíamos con tanta insistencia cuando estudiábamos los posibles riesgos que corríamos para desarrollar este proyecto. Me pides que escriba, que hable de nosotros, que deje un rastro de nuestros trabajos, de lo que hicimos para que creciera, para sostenerlo, y no quiero hacerlo. Sabes que el pulso tiembla cuando hay que soltar los pasajes íntimos de nuestras vidas. Deseas que escriba de lo que tú no puedes decir, lo que por años has preferido callar. Pero me pregunto, ¿por qué no decir ni una tan sola palabra? ¿a quién es que no deseas delatar? Si sabes que tarde o temprano será encontrado y el mundo conocerá el resultado de nuestro experimento. Para dejar evidencia a las nuevas generaciones de científicos, bastaba