Alberto Escobar

Su magia

 

Sigues un curso, un río 
hacia una mar expectante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Su manera, su hacer, su derrame,
su discurrir ante lo incierto, su pensar
fuego entre las leñas, su decir declarante.
Su arroyo que acequia se hace, nenúfar
que desciende a radicarse en sus aguas,
su dinámica, su cadena eslabón ocurrente,
dopamina que se esparce al aire, señuelo
que su mirar vierte sobre los circunstantes...
Su arruguilla que se le pronuncia entre ceja
y ceja, el cómo de sus ojos que se llenan
cuando la alegría proclama sus fueros,
y el destello de sus perlas que blancas
encandilan y ciegan —así es ella.
La miro como el que no cesa
desde la infinita distancia que media
entre mesa y mesa, la suficiente para 
observar como voyeur indiscreto, ese
que se cubre la piel de celosía en dirección
a la bella presencia que de costumbre
visita esa ventana, la que blanca se cierra
de noche —la observo tomando apuntes
de clase, de elegancia. 
Su sortija sobre el albo hueco
que de cartílagos el cuello ofrece,
su botón al desgaire desabrochado
sin apuntar sinuosidades pero dando principio
a una jugosa imaginación que se pierde
en la siguiente ladera, sus maneras...
La miro, no paro, poco a poco, para no advertir
el sentimiento, para poner velo a mis pasiones,
para que las primicias de mi deseo 
tengan receptáculo cierto, su aliento, su perfume...