Eric Vega

Pequeños

Creí escucharla decir:
\"me alegra verte, por venir\",
pero sólo creí,
o quizás
escuché mal.

Creí que estaría aquí,
cambiando al mundo junto a mí,
pero sólo creí,
creí en ella,
creí en un mundo afable.

Hoy, en la noche, me quedo en silencio,
tan solo y pequeño
y tan sólo buscando su albedo,
su halo en el cielo,
perdiendo el aliento,
pues más que temprana, su memoria
se vuelve nube transitoria
que cubre mis intentos fallidos 
por radiar mi energía a su honra.

Y cuando quiero quemar algo que aún venero,
el cénit llama mi atención, 
me llama y volteo,
me doy cuenta de que estoy atrapado
en la entropía de mis variables pensamientos
donde ella es la única constante,
donde constantemente muero y, eterno, retorno;
me doy cuenta de que el mundo sigue cambiando, posible,
donde yo dejo de hacerlo, improbable,
sin confianza, sin ella, sin un mundo afable.

Cómo quisiera que al verme dividirme, partirme en dos,
comprendiera las propiedades de mis palabras
al menos una vez: la última.
Como quisiera que al colisionar con su nombre,
le fuera sencillo a la solida noche 
el no fusionarse con el calor de la nostalgia;
que le fuera sencillo al frío
fluir a un lugar más cálido que mi corazón,
pero así no funciona, ni lo hará,
no somos cuánticos ni lo seremos,
a pesar de que tampoco fuimos físicos,
era caótico serlo.

Porque todas nuestras pláticas fueron simulaciones
de un paraíso perfecto,
simulaciones de nuestro más grande sueño,
imaginaciones de un futuro en acuerdo,
éramos como cerebros de Boltzmann, pero... Pequeños.