Gustavo Echegaray

CAMPESINO

Alza tus sueños a la intemperie,
entrégalos al pulso del viento,
clávalos en el pecho de la piedra,
bébelos en la garganta de la lluvia.

Alza tus ojos de aurora sincera,
ajústa­los a la sangre del horizonte;
que tu sino, oscuro y silencioso,
arda en Orión cuando nazca el día.

Pon la rodilla en la piedra del tiempo
y brúnela bien con tu mano callada;
que tus dedos, desnudos de memoria,
fundan la grieta, el terrón, la montaña.

Sube a vivir tu eterno nacimiento,
marca la tierra con línea encendida,
como el mono que escribe en la pampa
la historia borrada por los siglos.

Dame tu mano: el agua duerme
bajo el vientre azul de los Andes;
muéstrame el remanso donde cesa
la sed abierta de mi alma herida.

Abre el surco a la semilla eterna,
acúnala en el vientre del pistilo;
enciende la lámpara del que regresa,
el que vuelve impregnado de tu greda.