Prendado de tu presencia, que sin querer me pertenece,
como quien descubre un secreto que siempre estuvo allí,
me pierdo en la danza de nuestra cercanía,
en la fugaz eternidad de un instante compartido.
Dejo todo atrás: miedos, dudas, sombras ajenas al momento,
porque contigo la complicidad escribe historias
que ni el tiempo puede borrar.
Tu risa se confunde con mis propios latidos,
y cada gesto tuyo deja un rastro
que me acompaña incluso cuando te alejas.
En cada encuentro, descubro la inmensidad
de lo que somos cuando nadie nos observa,
cuando solo existen nuestras palabras, nuestras miradas,
y el mundo se reduce a un espacio secreto
donde nuestras almas se reconocen y se buscan.
El amante no es solo quien toca o abraza,
sino quien permanece presente, aunque invisible,
quien se disuelve en la esencia del otro,
quien convierte el instante en un infinito
y la despedida, en promesa de regreso.
Porque amar también es aprender a soltar,
y aun en la distancia, tu rastro me guía,
me recuerda que somos más que cuerpos,
que la cercanía puede ser un puente
hacia la comprensión de nuestra propia esencia.
Y así, cada encuentro deja huellas
que ni el tiempo ni la distancia pueden borrar,
recordándonos que el amor verdadero
es el arte de sentirnos completos
en la presencia del otro
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Rafael Blanco López
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