Esteban Mario Couceyro

Carta despidiendo a Martín.

La tarde se hace noche y no teniendo nada importante que hacer, comienzo a escribir una postergada carta que debía a un amigo.

Bajo el nivel de la música, Spartacus de Khachaturian y escribo.

 

Amigo Martín..., mire usted, esto se lo digo en confianza..., acerquesé un poco y que nadie nos escuche...

Vaya frente al espejo y observe bien...,ese es Dios, un tipo como usted..., sonría y sea cortés, él puede ayudarle a comprender y no caer en la desolación…

 

Me disculpo por la tardanza en contestarle, pero mi tiempo se ha comprimido al infinito, por tareas personales e ineludibles, como lo son estudios médicos de rutina, también me tocan a mi pero aún no tengo los resultados, que también se los comentaré cuando los tenga.

 

Bien, ve usted en el espejo a un señor muy parecido, que busca su mirada tanto como usted mismo lo hace.

Ese es Dios, con todas sus virtudes y todas las limitaciones, que usted mismo tiene. Aproveche la oportunidad, para verle y hacerlo propio.

Comprenderá que solo es  un mal día..., una noche sin estrellas, que inevitablemente amanecerá con un sol radiante.
Sin ese sol raudo, no existiría la noche de su ausencia.

Sabrá de la vida, es efímera, como una brisa desapercibida en la inmensidad de los tiempos.
Pero qué lento será el instante de la muerte y el abandono de esto...

 

No continuo la transcripción, pues ingresaría en temas muy íntimos de mi amigo.