oscar perdomo marin

LOS NIÑOS DE LAS SOMBRAS

Oscar Perdomo Marín

 

LOS NIÑOS DE LAS SOMBRAS

 

El día gris me transporta a través de una lágrima

y por su transparencia veo rostros tristes.

Hay una gran mueca en la ciudad.

Los payasos están cantando a la esperanza

y yo me quedo dormido para soñar que cabalgo

como un tsunami que arrastra la decadencia

de este tiempo agónico.

 

No puedo soportar que trituren la sonrisa.

 

Me despedazo las manos y los labios.

 

Siguen muriendo a montones en Irak

Caracas, Bangladesh, Luanda o Calcuta,

detrás de los escaparates de la moda,

los niños de la tristeza.

 

Yo clamo con las voces

que se perdieron sin ser escuchadas.

Por todos los niños de la tierra,

los huérfanos de la tierra;

los ancianos de la tierra,

las mujeres de la tierra,

por los hombres de la tierra

y por lo que ama el hombre de la tierra.

 

Clamo por ellos y llamo a filas

a los nuevos heraldos de la esperanza;

los que están y los que se fueron

por algo tan simple como respirar.

 

Yo quiero soplar una botella.

Fundir con mi aire

los puñales que no se han clavado

sobre el pecho del inocente.

 

Amo a los que aman la vida que se desborda

en la sonrisa de un perro

o el pantalón de cuero de una tortuga en celo.

 

Quiero las hormigas, las mariposas,

las pequeñas arañas

y el pequeño lagarto huidizo sobre las paredes.

 

Me gustaría trotar sobre la tersura

de una hoja seca en otoño;

desparramarme en la cálida leche

de las madrespara que ningún pequeño

muera de inanición en el planeta.

 

¡Escuchen!: Por las madres

valdría la pena construir un lugar,

un espacio pequeño como la vía láctea;

un sueño para todas las madres del mundo.

Por eso, quiero una casa grandota

donde la vida sea tan sencilla

como una flor silvestre.

 

Quiero respirar sin miedo

y recuperar la inocencia;

sonreír con las cosas pequeñas.

Quiero la minucia de una gota de rocío

mojándome los dedos sin pedirme permiso.

 

¡Ojalá pudiera levantarme un día

con la certeza de que todo está bien!

Sentir que puedo abrir las puertas y salir

y caminar sin esconderme,

tener la posibilidad de volar un papagayo

con los niños del mundo:

los sobrevivientes de Ruanda,

los hijos haitianos del hambre,

los comensales de los basurales

de Managua o Río de Janeiro,

los desvalidos niños de Venezuela.

El éxodo interminable de desterrados

del hambre y la tiranía de sátrapas

vestidos de ovejas;

los fariseos de un nuevo Evangelio,

santificando el crimen

en nombre de la honestidad.

 

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