Lucas Gress

Nadie vino a buscarte

Nadie vino a buscarte y lo sabes...

entre tejidas ramas te acobardaste

te ocultaste, juraste:

tres monedas lanzadas al azar

¿cuántos nombres?

Las rosas regalaste y pensaste:

¿serán los ojos de ella los que soñaste?

 

Nadie te llamó desde ninguna parte,

tu nombre, simplón y vago

enterrado en un hondo olvido

similar al que simulabas enterrar tus vergüenzas y las envidias,

sucumbe acorralado por los sismos de tu ira. 

 

Todas las noches soñaste, le diste un nombre, viajaste, ¿hasta dónde?

Y toda la soledad vuelta tiempo en tu palma

manecilla a manecilla se acumulaba

y como el peso en la espalda del viejo

abarrotó cada gramo de tu espíritu hasta romperlo.

 

¿Dónde no la buscaste, idiota? Piensa:

¿qué otra cosa no intentaste?

Decirle, pequeño idiota,

en lugar de sólo escribir en infinitas páginas su nombre;

decirle que desde el día que tú llegaste

la amaste, con anhelo de vida:

aferrado como el niño al umbral de su nacimiento.

Que te quemaba por dentro

que sentirte lejos de ella era como la hambruna,

 y que las noches que suspirabas lerdo

eran suyos los ojos que se reflejaban en el ápice de tu locura.

 

Hasta la muerte, idiota; eso decías,

¿pensabas que alguien iría por ti?

Nadie fue a buscarte y ahora lo sabes

que nadie ha venido a rescatarte

que estás sólo y te hundes

bajo la tierra y los gusanos

entre el ruido de las ilusiones rotas

y el olvido pétreo en tu atuendo de amante.