marta CARMEEN

SOLO QUIERO QUE SEAS FELIZ

 

Buscando en mí, la conciencia plena de la felicidad y no los
adjetivos que la circundan, pasaba las noches sin dormir.
Cerraba los ojos con fuerza y pedía a Dios que mi vecina,
diez años mayor que yo, aceptase ser mi novia. No tuve
suerte. Ana, nunca me amó.
Cada tarde, sin que nadie me viera, me escondía tras los
barriles de cerveza y le miraba los pies. Podía pasar horas
observándola bailar descalza envuelta en el humo de la
taberna.
Mi atracción por los pies viene desde lejos, cuando niño
acompañaba a mi hermana a la academia de danzas clásicas,
con la única finalidad de ver los pies de las niñas,
calzando sus zapatillas.
Desde entonces siempre me han gustado las mujeres con
pies, si veía una mujer con pies intentaba seducirla, aunque
estuviese en sillas de ruedas. Me acercaba muy serio,
ponía cara de hombre experimentado y le decía…
_ No voy a hacerte daño, solo quiero que hablemos._
En realidad la frase no era mía, debí de escucharla en
alguna película de entonces, pero con aquellas palabras las
chicas discapacitadas quedaban impresionadas.
También viene de lejos una infinidad de condicionantes,
que me dejaron huellas barrosas. Ella, mi madre deambulaba
por la casa con zapatos ortopédicos, patética y perturbadora.
Golpeaba su bastón contra el piso para reafirmar
su arraigada dictadura. Algunas veces disfrazaba su
mandato deseándome…
_“Solo quiero que seas feliz”_
Más su boca dibujaba una desagradable sonrisa gris y
acuosa.
Sigo buscando la conciencia plena de la felicidad, mientras
que mi relación con el sueño se hace cada noche más
esquiva. Sufro el dolor del insomnio, en tanto que la
felicidad reposa adormecida bajo mi almohada.
Esporádicamente, abro los ojos esperando que la oscuridad
se haya ido, o que un mínimo haz de luz me permita
observar algo, cualquier cosa. Pero no, la negrura sigue
cubriéndolo todo…
Excepto cuando un pie de mujer enciende el velador,
sorprendiéndome feliz.