IVAN DE NERVAL

MI PRETENSIÓN

No pretendo amarte

al precio del azafrán,

ni subir el euribor de tu falda,

ni bucear en el Sena

de tus senos.

Me parecen milagrosos

los bicúspides de tus maxilares

capaces de masticar

la luna como un chicle.

Tus dientes tan blancos

como bélica tu boca,

gavilán de esponja

que busca paloma de espuma.

Miro tus ojos diesel,

aceitosos, ístmicos,

petroleados por las niñas,

grandes como pozos árabes.

Tus cejas, alas de gaviota,

tus pestañas llameantes,

largas, presumidas,

tan peinadas como el trigo.

No quiero aguarte el rimel,

ni robarte el carmín de tus labios

como un ladrón de beso blanco.

Te olfateo, medusa,

como un perro marino,

el olor a ola impune,

a mar desabrido

a bosque hondo,

a tierra preñada por la lluvia,

naranjo en flor,

azahar entre todas las mujeres.

Tu pelo es corcel negro,

carbón en hebras,

larga cabellera

que florece en la noche

y que luce en el día

su oscuridad invicta.

No pretendo obviar tu pubis,

tan al raso,

tan de fina hierba,

ni tu ombligo plurilingüe,

impoluto, versallesco,

capaz de hacer caer

el Imperio Carolingio.

Me gustas así, al sur del viento,

retocada por un sol inverosímil,

piel sin mácula,

de vestal en su papel,

imposible de calcar.

Me exceden tus acentos

tan de Fidias por las ingles,

venusianos por sus nalgas,

por su sugerida desnudez

cuando andas o galopas.

Me quemaría como Troya

sobre tus crines,

o como Roma

bajo tu vientre

porque tú eres música

sin pentagramas,

pura lira para tocarla

mientras arden

todas las ciudades del mundo.

Tocarte para morir en ti

como el río en su océano:

Esa es mi pretensión.