Elizabeth Maldonado Manzanero

Solo un adiós

Esta  tarde al oírte mi alma fue acribillada 

como se acribillan las pupilas de un ciego, 

de un ciego que ve por primera vez la luz. 

Me has dicho solo una palabra tan  breve

y tan común para cualquiera que fue sorpresa 

recibirla con tan fría parsimonia a mis oídos,

tan amarga como la hiel que bebiera el redentor.

Tan certera y amigable con la juventud que aún me resta.

Se me ha filtrado por la piel  y el corazón ya sintió

la tremenda soledad que le espera.

Se detuvo en mis oídos y se encajo como flecha  

el centro de mi memoria fue su tiro al blanco

y ha ocasionado tal estupor que mi cuerpo se congela. 

Mis lágrimas quieren granizar y ya no esperan.

¿Qué te digo nuevo amigo? Debo aceptar tu decisión

el cuerpo que fue tuyo te derrama, más no germina la flor.