Alberto Escobar

Sobre CicerĂ³n

 

La honra cría las artes. Cicerón
Prólogando al Lazarillo de Tormes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el prólogo al Lazarillo de Tormes se especifica que el poeta
escribe con motivo de ser alabado, que busca el cariño
mediante el claqueo del aplauso, la palmadita en la espalda
y el beso —si nos ponemos a desear—, y que lo que mueve
y ha movido al arte desde el inicio de los tiempos ha sido acaso
la soberbia, el ego, la necesidad de reconocimiento — especie,
dicho sea de paso, que se inscribe dentro de las necesidades
sociales que ya un tal Maslow plasmara sobre una excelsa pirámide.
El tema que me convoca —por si el juicioso lector todavía no adivina—
es cómo el amor se incardina entre los pinceles, los barros y los verbos
para pretender la mezcla y la fusión humanas.
Parafraseando al sabio arpinate añadiría —con toda la humildad
que se tercia al situarse uno a tamaña altura— que la fuente del arte
se aduna en los márgenes de un río llamado imaginación, y en la afición
que la circunstancia trae al ejercicio del escritor.
Andaba yo un día trashojando un libro de Johnattan Switt cuando
por ensalmo me avino el germen de este aserto. ¿Es verdad que el
nacerse en mí la escritura ha sido producto de la soberbia?
Yo me atrevería sin ambajes a afirmar —desde el desconocimiento
de la conciencia— que no soy pueblo para tal huésped, pero es también
igual de posible que en el fondo de mis lagunas resida un adarme de eso
que llaman amor propio, o algo así.
En cualquier caso —y lejos de desear el aburrimiento del personal—
el orador ciceroniano era buena horma para este zapato; que la frase
que como cabo de hilo enhebré arriba le viene como calcetín a pie
a su pagamiento de sí mismo, diciéndose sin mirar a un lado y al otro
como el mejor de los mejores de los tributarios del foro romano.