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Zoraya Rodríguez (Águila de Luz)

**~Novela Corta - Futuro en manos del Pasado - Parte II~**

Un día despertó Leticia, en su habitación, y recordó a ésa mujer cuando en una mañana la amó con tanta intensidad que le desnudó el alma dejándola a ella a su paso y abandonando su propia luz. Si era su sentir y más sus latidos, nunca Gabriel sabe de la verdad, pues, no era una vergüenza sino un amor imposible y abandonado por un hombre para realizar su vida. Cuando en el instante se debió de automatizar la gran espera de esperar siempre por la verdad, y era el amor y la pasión, y más que su corazón sintiera la ternura como la locura por ésa mujer que amó en su pasado. Y con el futuro con Gabriel entre las manos del pasado, fue como irrumpir en un futuro sin saber su certeza. Y ella, imaginaba amar a ésa mujer, ver su cuerpo, su postura y más su esbelto cuerpo, y tan erguido como la misma flor feraz con una raíz fuerte y como un tallo derecho observando el cielo hacia la misma dirección. Cuando la pensó, la inventó, y la imaginó, pues, por siempre ha de ser su eterno amor y su pasión más viva dentro del alma con esa pequeña lucecita que explota y dispara dentro del interior de su propio corazón. Cuando en su pobre corazón, se creyó en el combate de creer que su presencia era una eterna ausencia, cuando le faltó el amor puro e inocente de ésa mujer, la cual, amaba con todo su corazón. Cuando en el destino fue y será como tan fugaz el tiempo. Y pensó en ir a buscar a su amor, pero, algo la detuvo en misericordia, sus hijos y el amor de Gabriel. Su decente respeto hacia ése hombre, el cual, le entregó apellido, alma y cuerpo, amando desde el comienzo sin saber ni sospechar nada de su cruel pasado. Y sí, era ella, Leticia, la que traía un amor en el corazón, y yá de su tenebroso pasado. Cuando en la mañana despertó, de esa cruel pesadilla o de ese sueño de ensueño, se debatía una sola espera, de esperar por el ocaso, o por el invierno álgido donde se cuece una sola espera de añorar lo que más pesa, un suburbio dentro del mismo coraje o del mismo corazón. Cuando la razón advierte de muchos por qués, destruyendo la vida y más, el coraje en volver a amar. Si quedó petrificada, como el mismo desierto mágico, en que se salvaguarde la misma espera de esperar por algo nuevo en su corta vida. Cuando en el tiempo, sólo en el ocaso se dedicó en ser como la vez aquella en que se fue de rumbo incierto, cuando en la mañana dibujó a un corazón, pintado en la marqueta un hielo y tan frío como el ademán de sus propias manos en el imperio de sus ojos observando el amor en camisas ajenas. Y miró la carita de uno de sus hijos, y quiso ser feliz, pero, algo no encajaba dentro de su propio yo y de su devastado interior. Y miró al sol, lleno de luz y de unos rayos exquisitos, cuando en el combate de ir y de venir, se dió y se petrificó más el deseo en volver a amar a ésa mujer que dejó hace mucho atrás en su oscuro pasado. Caminó por la habitación recordando todo, cómo la amó, y deshojó la rosa de sus pechos abriendo y cercando a la pasión de un perfume tan exótico como es el de la rosa del jardín de su pecho. Y volvió en la ventana, una rosa perfumada, en la que el suburbio de la conmiseración se volcó en ser como la despedida, aquel adiós en que se dijo, se sintió y se logró desesperar el alma de una luz y tan opaca y tan tenue, como la misma semioscuridad en que se debatía su alma y más su corazón. Cuando en el alma se tropieza de amores clandestinos, de insolvencias, y de un putrefacto y hediondo mal pasado de ella, de Leticia. No se dió de cuenta de nada, ni de la insurrección de sus besos ocultos, de la pasión escondida que la llevó a ver el mar, el cielo y más a su corazón perdido. Cuando en el delirio de la mala situación en que se pierde la osadía se identificó como lo peor de una cruel mentira, la que se dedicó en ser como el padrenuestro de cada día, a amar a ésa mujer de su cruel pasado. Cuando en el paraje de la soledad se conllevó una sustracción inadecuada, inalterada, e ineficiente. Evitando lo inevitable en poder amar nuevamente a ésa mujer de su pasado. Y sí, era Leticia, la que demostró ser como toda diva, del “glamour”, de la elegancia, y de la postura, salvaguardando la espera en volver a amar a ésa mujer. La que dió todo por el todo, buscando una manera electrizante, de ver el cielo y el mar sin bruma espesa, sin tinieblas ni tempestades, si era ella, Leticia, la que auguraba e imploraba un pasado extraño, pero, lleno de mucho amor a la vanguardia de la misma pasión. Cuando se encara la supervivencia, lo inhumano, en caras de un pasado y que le dió eterna felicidad, y sí era ella, Leticia, la que guarda en su recóndito pecho el sufrimiento de un sólo amor y de la forma de ver el cielo en mágico color y de un transparente siniestro y cálido desenlace. Cuando en el desenlace final de ésta contienda se dedicó en ser como la vida misma apoyando el amor puro e inocente en el que atrajo una débil sustracción de imperceptible momento. Cuando en el suburbio de la desesperación se cuece una manera entrañable, por las entrañas frías en regular la desesperación en el mismo corazón. Si era Leticia, la que esperó en guardar en su corazón el amor y aquella pasión desnuda y tan insolvente de caricias las que tuvo con ésa mujer que ella amó ciegamente y perdidamente. Y caminaba y más la recordaba, pues, fue su mujer, con el olor que extrañaba a rosas clandestinas, cuando en el alma se dió una luz, petrificante, la que no muere por buscar y hallar a su corazón tan enamorado de ella, de ésa mujer, la cual, la quería como el mismo principio. Sintiendo lo suave de su piel, todavía, marcando un territorio ajeno, pero, que sabía que era de ella, cuando en el alma, se inventó una caricia, y una sorpresa dentro del instinto, y tan distinto como lo delicado del momento. Cuando en el imperio de la salvedad se sintió como tan irreal el destino y el camino tan álgido. Se llevó una vil sorpresa y una mala situación cuando él, su actual esposo, Gabriel, le impregnó con preguntas y respuestas acerca de su vida pasada, de la cual, no conocía nada más que desde cuando la conoció. Ella, Leticia, sólo se dió una forma de atraer el instante en que se debió de alterar sus nervios, cuando él, indagó, preguntó y le ripostó. Cuando por caminar en aquella habitación se debió de aferrar a lo aterrado en creer en el suburbio de más de una imposibilidad, en saber que el destino era cruel y con ella, con Leticia, cuando en aquella habitación se dedicó a caminar de un lado para el otro. Y desafiando en que el mismo deseo se pudo ver el cielo en una terrible tempestad, en que el deseo se ganó como el silbido entero de creer en el amor y en la más indeleble pasión. Cuando en la situación se dedicó en cuerpo y alma, a creer en el amor o en la más inmensa y en un desastre amoroso de su vida pasada. Cuando en el imperio se dedicó entre los dos ojos en una dicotomía inestable, y todo porque la separación y bifurcación se debía a que amó intensamente a una mujer, si era su más preciado tesoro: su pasado, pero, el futuro en manos del pasado quedó y por siempre, grabado en su mente y más en su memoria, y recordando a ésa mujer como a su único amor. Si dentro del interior se debió de aterrar la más fuerte de las circunstancias, cuando en el alma, sólo en el alma, ella, Leticia, tenía guardada esa luz, la cual, le pertenecía a ella y a nada más. Cuando en el instante de creer en el alma se debió de dar como la más inmensa mentira de guardar el secreto de su amor, y de su indeleble pasión desnuda. Cuando en el instante se debió de creer en el amor a cuestas de la ingrata supervivencia cuando en el alma se dedicó a ser como la misma piel fría, sintiendo el suave desenlace, de creer en el secreto escondido. Cuando él, Gabriel, le indagó con respecto a su pasado, se enfrió la sopa y la comida con que ella guardaba su más fuerte secreto de su amor y de su pasión y viceversa. Cuando su escondite era su corazón y su alma guardaba la luz de su amor. Era un recóndito lugar como el que dentro del instante se debió de sentir en los mismos cinco o siete sentidos, en que el deseo se convirtiera en una sola razón, cuando en el ámbito personal se abrió el alma llenado de luz y de amor y de pasión, la habitación creyendo que era el espíritu de ésa mujer, la cual, ella amó intensamente. Y vilmente y cruelmente, se dedicó a ser como el mismo amor sin amor. Y todo porque ella, amó intensamente cuando en el alma se guardó en la espera y tan inesperada de esa respuesta o de ese cuento de su cruel pasado, el cual, calló celosamente a su amor, nuevamente. Él, indagó y ella, Leticia, le cuenta todo, desde su niñez hasta su edad adulta y toda su vida, él, le cree, pero, no fue suficiente. Ella llevaba más de una década o dos lustros con él de relaciones y nunca le contó de su vida o de su relación con ésa mujer, la cual, para colmo era la hermana mayor de él. Ella nunca supo de la verdad, de que él tenía una hermana mayor en el extranjero, pero, él, sí sabía de toda su vida y más de su cruel pasado. Y el futuro en manos del pasado, quedó como preámbulo a un desconcierto de melodías de endecha canción y de una muy mala situación. Cuando en el albergue de su pena y desolado corazón, se debió de aferrar a un sólo por qué, mintiendo, si siempre mentía ella, si era Leticia, la que amó vehementemente, a su amor y era una mujer y para colmo era la hermana de Gabriel. Cuando en el desierto se fraguó una forma de amar con dunas desérticas, sucumbiendo en un sólo trance y en un altercado frío entre la razón y el corazón. Cuando en el tiempo, sólo en el tiempo, sólo se dedicó en cuerpo y alma, a esconder el amor puro e inocente de ésa mujer. Cuando en el alma se dió una forma atrayente de ver el cielo en sus propios ojos. Si en esa habitación no salió el sol, ni la lluvia se sintió en la suave piel. Sólo el amor protegido, escondido, y en secreto todo el amor de ella hacia ésa mujer que ella amaba con toda ilusión, todavía. Quedando fría e inerte cuando su futuro en manos del pasado se hallaba en la cuerda floja con Gabriel. Cuando en el alma se dió una luz en el juego del amor, cuando en el instante se abrió de deseos nuevos como esperar lo inesperado en no saber que él, Gabriel lo sabía todo. En que ella, Leticia, amaba a una mujer claramente, y evidentemente más real que el cielo mismo. Si era la hermana de él, de Gabriel, la cual, se perfiló como el mismo desastre en que se convirtió en una era, en una época, o una peor solución en que debía ser tan real como el mismo instante. Y se debió de alterar lo inevitable en creer en la sola solución de un amor, el cual, se esperó a que fuera duradero y tan perdurable como la misma sensación en que ella sentía el amor verdadero y tan cruel como el mismo instante. En que se dió como el mismo desenlace en que se vió el comienzo de que el mismo rumbo se dedicó en ser como el mismo final entre ella y ésa mujer. Y sí, que la amó dejando un sólo tiempo, cuando en el aire se dió como una dirección inexistente entre la razón y el coraje en volver amar, cuando amó a Gabriel. Y sí, sí también lo amaba, como un coraje dentro del ánimo y del rencor entre el corazón y la herida en superar aquel amor, y saber que el desaire era como el mismo aire dentro del mismo interior, si cuando el amor quedó flojo de espíritu, y de un saber inocuo, y en el desenlace se vió como órbita lunar que ató su cuerpo dentro de una fría telaraña. Si como el desastre de haber amado, quedó habitada la esencia, y la presencia como una ausencia, en la que el deseo se convirtió en un monstruo vil y más inexistente que el mismo amor abstracto. Si cosechó una forma inadecuada y tan cruel como el mismo período en que la amó a ella, y él, Gabriel, lo sabía todo. Que era una mujer lesbiana, pues, su tiempo, su amor y su forma de amar la llevó hacia el camino amoroso por haber amado y tan sencillo: a una mujer de la misma naturaleza de su propio sexo. Cuando en el alma se pintó como un alma nueva y por delante de la misma luz, se vió la contienda en una forma adyacente de sonreír de la misma forma en que había amado a ésa mujer. Cuando ella, solamente ella, encrudece el tiempo como las tinieblas frías dentro de su propio interior y de un porvenir tan incierto como el ademán frío de una aventura tenue, y tan fría como el nuevo desenlace que estaba a punto de culminar, pues, el amor de Gabriel era como una gota de lluvia sobre la misma piel. Y sin saber del destino o el camino en que se debía de aferrar ella, Leticia, era la mujer más feliz supuestamente, pero, en su interior era muy infeliz, pues, la mujer que ella amaba estaba muy lejos de su amor y más de su cariño entero. 



Continuará………………………………………………………………………………….