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Francisco DG

Noches de otoño.

No fue uno de mis mil amores quien me trajo la desgracia de la soledad, al contrario, pareciera que nací con ella, indefenso, intrínseca a mí. Son las noches de otoño las que me lo confirman, atacan con sus hojas recién caídas, susurran a través de la luna voces que aún ahora no alcanzo a comprender, llenan de melancolía un corazón roto.

 

La vida no tiene ningún sentido, concluyen los científicos en sus grandes laboratorios, mientras los hombres pequeños se llenan los bolsillos a costa de sus hermanos. La humanidad nació corrupta, ¿o corrupta se volvió? ¿En qué momento se perdió el rumbo trazado de felicidad eterna en un paraíso religioso prometido a todas las personas de todas las creencias?

 

Somos polvo de estrellas, eso es cierto. Estrellas que anhelamos con alcanzar algún día, montarnos sobre ellas y ver la magnitud de un universo que hoy solamente podemos soñar. Siendo lo que somos, estamos predestinados a vagar por la eternidad sin un camino, sin un destino, sólo flotando.

 

Somos seres eternos e infinitos encerrados en cuerpos que mueren conforme avanza un tiempo que también desconocemos. Pienso en todo esto durante las noches de otoño, las noches en las que algo me falta. ¿Serás tú? Tal vez. Mañana será un día nuevo para encontrarte.

 

Es en las noches de otoño en las que creo en ti, más allá del vacío escucho tu voz, te espero, cada siempre. Puede ser que un día de estos te atravieses caminando por las calles donde yo también paseo, me mires y te preguntes lo mismo que yo. Entonces te invitaré un café, preguntaré cómo es el mundo que sueñas con cambiar y te escucharé toda la noche mientras nuestros cuerpos danzan.

 

Todo esto pasará durante las noches de otoño.