Envuelto en espantosa soledad, solo estaba Dios, pues solo Él era. Como aún no había creado el tiempo y el espacio, Dios no estaba en ningún lugar ni en ningún momento; pero estaba…, solamente estaba... no en el principio, porque no era el principio de nada; tampoco “antes de”, porque no existía el tiempo. Podría decirse que Dios se hallaba en cero, en el punto cero espacio-temporal.
No había luz, mas tampoco obscuridad —por no haber espacio en que esta pudiese alojarse, en caso de existir independientemente de Dios—. Así pues, no había nada, absolutamente nada… ni siquiera la nada…; nada, excepto Él, únicamente Él.
Por ser Él solo, su sensación y sentimiento de soledad eran insoslayables. Se sintió solo…, tremendamente solo… e infeliz. No sentía la autosuficiencia…, algo le faltaba (diríase que todo); le pesaba su incompletud. Se vio a sí mismo —se descubrió sin propósito; se sintió vacío—. A falta de un propósito per se dentro de sí, decidió crearse uno.
Entonces hizo el universo con una gran explosión, ex nihilo, a partir de cero, desde el punto cero en que Él se encontraba. Aplicó su boca y sopló en aquel punto —como haría después al infundir su aliento vital en la nariz del primer hombre modelado con el polvo de la tierra—, y el punto se infló a manera de globo.
La verdad es que pudo haber hecho el mundo ya completo, sin tanto ruido, con soles y planetas ya formados conformando las galaxias, pero, harto de su silencio intrínseco, íntimo, interior, decidió hacerlo surgir de manera estruendosa y espectacular: con un big bang.
No obstante, el universo carecía de vida; era materia inerte, sin consciencia. Su universo no le hablaba; no podía dirigirle palabra alguna, ni siquiera mediante el pensamiento, y Dios siguió sintiéndose solo.
En un intento de mitigar su terrible soledad, resolvió darle vida y consciencia al universo: Primeramente creó plantas y animales, y, posteriormente, como corona de su obra, creó al hombre a su imagen y semejanza. Ahora ya no se sentía tan solo; había seres que lo reconocían como Dios, su Creador, digno de alabanza.
La ilusión de estar acompañado —aunque fuera por sus propias y pequeñas creaciones— le hacía olvidar su inexplicable, insólito, incómodo, insoportable, irrisorio, tragicómico, patético, terrífico, angustiante, alienable, desquiciador y enloquecedor destino: el de ser Dios único y no saber por qué ni para qué.
Por ser único, Dios sabía que estaba condenado a su sino solitario, de perpetua soledad —aun si hubiese habido un propósito por sí mismo, independientemente de su voluntad divina—. Sea que crease o no un universo y al hombre —incluso un multiverso y poner en él una gran variedad de seres conscientes—, Dios estaba, irremediablemente, destinado a flotar en el vacío de su absurda existencia para siempre.
FIN
jueves, 17 de septiembre de 2020