Hombres de este mundo, ajenos y distraídos:
detengan su marcha ante la voz desgarrada,
ante el rastro sangrante del niño y la mujer,
que en su noche triste, aguardan una mirada.
Padres y madres de este siglo de cristal:
un juguete de luces o una muñeca soñada
no es el refugio del alma, ¡tengan cuidado!,
que tras la puerta acecha la amistad forzada.
No se dejen vencer por el brillo del engaño,
pequeños míos, que tras la red el lobo es dueño;
hay monstruos que negocian por unos centavos
el derecho sagrado de habitar vuestro sueño.
¡Basta ya de silencios que alimentan el hambre!
¡Basta de mirar al cielo mientras cae el infante!
Exijo que esta rabia se haga verbo y sea carne,
que no existan muros para el grito del caminante.
¿Cuánto pesa el oro frente al alma del inocente?
Malditos los ojos que se cierran ante el ultraje,
maldito el letargo de esta era indiferente
que oculta tras un clic su más oscuro linaje.
No pido clemencia en estos nidos de vacío,
exijo justicia ante la estrella que se apaga;
que la vergüenza les queme, que les hiele el río,
pues la trata es la sombra que la tierra naufraga.
Escuchen el eco de este grito de tantos años:
yo no he venido a ofrecerles un ramo de flores...
¡He venido a escupirles mi verso en el rostro!
© El Yarawix