El triángulo que camina
en mi arquitectura mental,
coqueteando mis balsámicos
hombres lelos,
es un compás de piel
que perfora el pensamiento.
El circuito desplegado
a través del gélido desierto,
ha gozado el aguacero
de mis siervos inciertos,
esos que guardan el rayo
en botellas de azufre y viento.
Se fractura la hipotenusa
en el roce de los cuerpos,
y el metal de la memoria
va oxidando los silencios;
por ver los alabeos
de las trochas y senderos,
que se doblan como juncos
bajo el peso del invierno.
Rechinan sus adentros
en una danza de engranajes,
donde el alma es solo un mapa
sin destino ni equipaje;
una bagatela de oro
en un mundo de paisajes
que se funden en el ojo
de los últimos linajes.
© El Yarawix