andrea barbaranelli

Mi padre, en su Wunderkammer

La crueldad

clasificatoria

de mi padre.

La taxonomía despiadada

con la que encasillaba

cortando, cizallando, guillotinando,

sin titubear frente a la sangre,

a la tortura,

los ejemplares, las muestras, los especímenes,

para introducirlos en los ficheros, en los archivos

de su Wunderkammer,

un productivo sistema de imprescindible crueldad

de la que se vanagloriaba.

 

El desventurado ciervo volante que entró,

por un fatal error, en su escritorio en penumbra,

a lo mejor buscando

la frescura de un jardín, engañado

por las plantas del balcón, caído

en una trampa mortal

de donde ya no le fue posible evadirse,

capturado

y clavado

sin piedad ni reparo

en el marco de un cuadro,

un marco de antigua y dura madera.

La admiración de mi padre, observando

los esfuerzos titánicos

del coleóptero, la fuerza

desesperada y concentrada en el intento

de desclavarse: “Pero, ¡mira

cómo ha recortado la madera

con sus mandíbulas!”, dijo.

En ningún momento

se le ocurrió desclavarlo,

llevarlo afuera, al aire, a la luz, liberarlo,

a ese miserable Gregor Samsa caído en las manos

de un verdugo imprevisto, inesperado,

víctima, a su vez,

ese mismo verdugo,

de un idéntico destino,

un destino

que tuvo clavados a los dos

en un marco de dura madera,

una madera antigua y preciosa,

valiosa por su tallado y su rareza.