Ana Vega Burgos

TRAS EL VELO

 

¿Y no hablarán los muertos de nosotros? Yo puedo,

si enmudecen los coches, y la lluvia, y los pájaros,

escuchar una insólita onda hendiendo el silencio.

¿Será la elipsis su lenguaje oculto,

el idioma que guiñan en secreto?

 

Si se callan los besos que guarda mi memoria

y la repetitiva monotonía del eco,

puedo escuchar acaso su lenguaje exquisito:

la añoranza feroz de los deseos,

la ausencia dolorosa del dulzor infinito

de jugosas cerezas,

la fragancia inefable del café recién hecho,

la nostalgia de manos que con caricia tierna

no caldean ya sus miembros.

 

¿No hablarán de nosotros, los muertos, añorándonos?

Lo mismo que nosotros los añoramos a ellos…

Aquel aroma a madre, inimitable,

al pastel anisado de los sábados,

a su vestido azul de andar por casa,

las castañuelas, siempre aprisa, de sus pasos

(¡había tanto que hacer, y tan escaso el tiempo…!)

No sobraba un minuto para nada,

pero nunca faltaba para un beso...

 

Y mi padre. ¡Mi padre…!

¿Me recuerda mi padre como yo lo recuerdo?

Su barba que a la noche raspaba siempre un poco

cuando llegaba oliendo a cansancio y regreso.

Su canturreo distraído, sus cuentos, su sonrisa,

el temblor de sus brazos al estrecharme en ellos…

 

 

Sí; ellos entre sí hablan –los muertos- de los vivos,

y también ríen y lloran al comentar anécdotas

y nos esperan, ciertos

de que un reloj sin números, manecillas ni fechas

nos acerca, despacio -o deprisa- a su encuentro.

 

Un latido sin cuerda, sin tendón, me lo afirma.

     Me esperan. Les espero.

¡Qué temblor de azucenas cuando llegue ese día!

Es el alma, que vibra presintiendo lo eterno.