Ana Vega Burgos

CEMENTERIOS AZULES

Algunos no llegaron. No les culpes.

Algunos se quedaron en las arenas blancas,

bajo un sueño de luces en la noche serena

y una esperanza que se fue transparentando

como una estrella en las orillas muertas.

 

Algunos no llegaron. Yo sí voy a llegar.

El corazón no engaña.

 

Treparé sobre dunas y sobre peñas negras,

aunque deje la piel en los escollos.

Miraré cara a cara a los peces payaso

y reiré hasta llorar y desangrarme.

 

El corazón no engaña.

Yo sí voy a llegar, lo juro, madre.

 

La tierra prometida está esperando

con sus escaparates rompiendo cada hebra

de miedo o de pobreza.

 

Las noches no son negras, me dijeron.

Hay colores, y risas, y el motor de los coches

no gruñe ni amenaza. No hay bombas en las noches

como aquí. Ni es tan roja

la sangre, ni es tan negro

el futuro, ni lloran

las madres abrazadas

                                     al cadáver terrible

del hijo que ya nunca volverá a dar un beso.

 

Algunos no llegaron. No les culpes.

Algunos se quedaron enredados

entre las colas verdes, engañosas

de las sirenas del Mediterráneo.

 

Yo no sé nadar, madre, pero tú no me sufras.

Ya trepo por las costas, ya estoy entre la gente.

(Ya te lo dije, el corazón no engaña).

Pero… Nadie me ve. O quizá me ven todos.

No sé.

            Ya estoy aquí.

                                      Te echo de menos.

 

Se me llenan los ojos de semáforos

en rojo para siempre. Recuerdo otras ciudades

que se quedaron ciegas y murieron.

Paredes

que ya no tienen cuadros, ni fotos, ni recuerdos.

Paredes

que ya no serán blancas ni caldearán los pechos

de los que no llegaron.

 

Tengo hambre y hay comida, te lo juro.

En los contenedores hay comida

y viejos esperando a que nadie los vea

para agarrarla con manos engarfiadas.

Y niños. Y algún perro abandonado.

 

Hay comida y dinero, y las risas atruenan

y la música aturde, y las voces golpean.

 

Duele, madre. Tal vez por eso algunos

no llegaron.

 

¿El corazón no engaña?

No les culpes.

 

El mar que ves azul es un gran cementerio

en el que los cadáveres incómodos no flotan.

Nadie empuña una pala para enterrarnos, madre.

Basta con no mirar, o mirar a otro lado.

 

Y si me arrojo al mar con una piedra de algas negras

atada a los tobillos,

no me culpes.

El corazón sí engaña.

 

No me faltan las fuerzas, no lo creas. Es mentira.

Me falta la esperanza.