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poeta de invierno

Leyenda del Cerro de San Agustín Berros

Leyenda del Cerro de San Agustín Berros, Villa Victoria, México.

25 de abril de 2020.

Acá en Villa Victoria, Estado de México, está el Cerro de San Agustín Berros. Cuando yo era pequeño, un vecino llamado Ramón me contó que había una cueva casi llegando a la cima, que había un lugar llamado La Trampa, antes de llegar y que estaba muy llena de plantas, que no se puede pasar fácilmente. Que, en la noche del dos al tres de mayo de cada año, en el día de la Santa Cruz y a la vez de los Albañiles y de las lumbres sucede algo extraordinario. En un pequeño claro del bosque, unas mujeres jóvenes y bellas, bailaban semidesnudas, que en lugar de ropa traen puestas hojas de plantas, arriba y abajo, traen diademas de flores, adornos en sus manos y cuellos como collares de flores y frutos; bailaban alrededor de una fogata y cantaban cantos a coro muy agradables al oído y que si algún hombre las mira queda encantado, sin darse cuenta se va acercando y cuando las mujeres los ven los invitan a bailar y luego les dicen que si quieren tomar y estar con ellas, que vayan adentro de la cueva, allá tienen habitaciones de mucha comodidad y lujo, los mejores vinos y además hay tesoros que si eres listo te puedes traer cuando salgas. Pero que, si las mujeres convencen los hombres de quedarse con ellas, ya no vuelven a la superficie. Que allá adentro no pasa el tiempo como afuera y que afuera pueden pasar años mientras adentro parecerán unas horas. Y unos días adentro serán décadas afuera.

Todo esto se lo contó un anciano a Ramón, que así les pasó a unos jóvenes de unos 20 años de edad, que eran de un lugar llamado Las Lomas, lugar donde la cueva tiene la salida. Que esos tres jóvenes vinieron al cerro de San Agustín y traían unos morrales con alimentos y agua, que se metieron a la cueva con unas mujeres que los embelesaron, que eran tan guapas, que solo deseaban estar besándolas, abrazándolas y deseando hacerles el amor. Que uno de ellos les preguntó: si nos metemos con ustedes ¿Cuándo saldremos?, que le contestaron, tres oportunidades tienes de salir: a las 3 horas, a los 3 días o en 30 años, después ya sería imposible para ustedes, pues sigue una cuenta de trecientos años y nadie humano ha vivido tanto. El chico quedó convencido y decidió entrar con una de ellas, pensando en conocer todo allá adentro y traerse todo lo valioso que encuentren. Sus otros dos compañeros también se dejaron convencer y entraron los tres.

Ya adentro, según hay unas cantinas donde puedes tomar gratis, todo lo que quieras y hay habitaciones para estar con las mujeres más bellas. Que había gente jugando póker, bebiendo, fumando y bailando. Otros están comiendo los más deliciosos platillos de carnes de todo tipo de animales, frutas y verduras. Que todo está muy bonito, los muebles son de oro y todo se ve de super lujo, adornado con telas rojas cuyas orillas tienen encajes de oro y piedras preciosas, que hasta las piedras del camino brillan como el oro. Que los chavos se divirtieron cantando rancheras, y todo tipo de música, que estuvieron echando gritos de alegría, acompañados de Mariachis, que hay torneo de gallos y todas las diversiones que un hombre pueda imaginar. Que se sentían tan a gusto que no sintieron el paso del tiempo. Las horas pasaban como agua, tomaron hasta el cansancio, se durmieron y despertaron acompañados de las más bellas mujeres, que se dejaban acariciar y de ellas recibían todo lo que ellos pedían, que había baños de vapor y perfumes exquisitos que les hacían sentirse como reyes.

Tiempo después uno de ellos se acordó de su familia y dijo ya pasaron las tres horas de la primera oportunidad ¿o no?, bueno eso creían, una de las muchachas les dijo, ya son tres días los que llevan aquí, que no se han dado cuenta. Y entonces buscó a sus amigos, les dijo lo que había pasado y ellos no le creían. Pero también pensaron en su familia, así que tomaron sus morrales y los llenaron de cuanta cosa valiosa vieron. Las mujeres les decían, no se vayan, ¿Qué no son felices aquí?, aquí tienen todo lo que puedan desear. Quédense. Y los acariciaban.  

El más cuerdo de ellos les dijo, sí ustedes son maravillosas, pero allá afuera están nuestros padres y hermanos que han de andar preguntando por nosotros. Vámonos muchachos. Los otros dos no querían irse, estaban como idiotas y se sentían muy a gusto allí. Pero el que les aviso les dijo, por sus madres, ya vámonos. Y como no queriendo, caminaron hacia lo que recordaban era la salida. Pero cual fue su sorpresa, que había siete salidas y no recordaban cual exactamente era por la que habían entrado. Sin embargo, decidieron caminar por una, el chavo más listo les dijo sigamos el curso del agua, a algún lado saldremos. Y así, avanzaron en medio de la oscuridad, a tientas pues no llevaban algo con que aluzarse. Se tropezaron y cayeron varias veces, perdiendo lo que llevaban en sus morrales, pero sabían que iban bajando el cerro por dentro, se avisaban a gritos, ¿dónde vas? Aquí y se esperaban y seguían avanzando.

Así paso el tiempo caminando, hasta cuando encontraron una luz que anunciaba la salida. Se alegraron mucho y aunque iban muy cansados y enlodados por las caídas en la orilla del arroyo que bajaba del cerro, sacaron fuerzas de su interior y corrieron a la salida. Al llegar a la luz, se vieron sus rostros y estaban barbados, canosos y no se reconocían a sí mismos. ¿Qué nos pasó?, gritaban. Y se miraron así mismos en el agua del río. Habían envejecido. Ahora se veían de 50 años. Sus ropas todas desgarradas y sus cuerpos arrugados como abuelos. ¡No puede ser! decían. ¿Qué haremos para volver a la normalidad?, esto a de ser un sueño. Luego que recobraron la calma. Miraron a su alrededor para ver si conocían el terreno.

El lugar donde salieron estaba cerca de la laguna, poco a poco reconocieron la forma de los cerros de los alrededores, estaban en Las Lomas, sin embargo, había árboles grandes y viejos que no habían visto antes. Buscaron el camino hacia su casa, preguntaban a quién veían sobre sus familias y se enteraron de que la gente de la comunidad los había dado por muertos. Que algunos de sus familiares, hermanos y amigos ya eran padres y tenían hijos, que los padres de dos de ellos habían muerto de tristeza por ellos. Que el que le narró a Ramón todo esto, se volvió loco un tiempo por la perdida de sus padres y por envejecer tan rápidamente. Ya nadie los conocía, decían que se parecían a los muchachos que sabían se habían ido al cerro. Pero que nadie regresó. El diablo se los llevó les contaban. Y aunque afirmaban que ellos si habían sobrevivido y podido salir, nadie les creía. Se arreglaron y trataron de volver a la normalidad, pero les ha costado mucho trabajo adaptarse. En la actualidad ya son ancianos de unos 80 años o más y ya no tiene coherencia en lo que platican.

Pero ahí está la leyenda. Hasta ahora yo he ido muchas veces al cerro de San Agustín, conocí la cueva, conozco los alrededores, pero nunca he visto nada extraordinario ahí. Me metí a la cueva hasta donde se puede entrar y esta tapada a unos 10 metros de la entrada. Se va achicando, hasta que ya no cabe una persona, hay un agujero como para un perro chico o un conejo, un animalito de esos, si puede seguir más adentro. Yo sólo veo que hay mosquitos y olores diversos: a coyote, a murciélago y plantas en descomposición. Pero no he ido un día tres de mayo.