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Mauricio Carrillo - Cofradía de la Palabra

ÓBITO

 

¿A dónde se va  

tras la partida  

toda la vida  

y lo en ella acumulada?   

  

La vida o la muerte. 

  

¿De cuál dudar más  

 si parecen   

gemelas enojadas?  

A mí se me antoja que son   

la misma suerte.  

  

Ambas son, a su manera,  

ese devenir absurdo e interminable  

que se lleva todo y en el que todo  

al final se vuelve nada.  

  

Todos los días, todos  

y sus noches,  

se pierden entre lo infinito  

y lo inmensurable.  

  

El cuerpo trasijado,   

el alma transida.  

¿Viene sola o la envían?  

¡Qué más da!  

    

La muerte siempre llega.  

 

Las palabras dichas   

tan elucubradas,  

que conquistaron   

todos los aplausos,  

se desvanecen como   

la neblina de ayer.  

  

¿Hubo vida?  

Si no las escribiste  

se fueron como el aire.  

 

Aún los sentimientos  

caen en un torbellino de caos  

ante la despedida.   

¿Qué son?  

  

¡Siempre tan inconsistentes,  

a veces tan inescrutables!  

  

Se vuelven nada   

los sentimientos más profundos  

y de nada sirven   

los recuerdos más atesorados.  

  

Ella llegó y tú la afrontaste.   

Padre, no rehuyó tu mirada  

su presencia  

que procuró intimidarte.  

  

Fui testigo una vez más,  

quizás la última,  

de tu ritual de ser indomable;  

te miré dubitar apenas un instante.  

  

¡Ella llegó y tú te fuiste!  

  

Nadie atinó a comprender  

cuando todas las fórmulas cayeron.  

  

Todos los comandos   

para vivir y trascender  

se desvanecieron   

igual que el tiempo,  

la verdad, la belleza,   

el amor  

y los otros absolutos  

a los que nos aferramos.  

Insulsamente nos aferramos.  

  

Insoportable la levedad del ser.  

  

De nada sirvió   

la vida apasionada   

cultivar la educación,  

la altiva presencia   

o la honradez acerada.  

 

El dolor agota. 

Huérfano el amor,  

huérfanos los días,   

los años y al menos media vida.  

   

Sin embargo, no es verdad.    

El adiós abruma, obnubila  

¡y confunde tanto!    

Pero no es eterno.  

  

¡Cómo olvidarte Padre!  

  

 Tú te edificaste   

solo e irrepetible   

con cincel de cantera,  

sin matriz y sin espejo,  

sin regresar a ver  

indistintamente errores ni aciertos.  

 

Te pariste cada día  

de los unos y los otros,  

dueño del norte  

y del camino que tú mismo hacías  

con denuedo y convicción.  

  

Te erguiste inconfundible,  

libre entre los libres.  

  

Tú partida Padre  

no es definitiva  

no es adiós sin retorno,  

ni te hunde en el olvido.  

  

Te veré aquel día.  

  

En memoria de Hugo René Carrillo Ampudia  

26 de octubre 1937 – 28 de noviembre 2019  

 

Autor:  Pablo Carrillo Galarza - Cofradía de la Palabra