Alberto Escobar

El Viajero del siglo

 

Seguimos conversando con Kant

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡La puerta de Brandeburgo!
Tras meses de deambular a mi libre albedrío por la Sajonia germánica
doy con mis huesos en el quicio de esta majestuosa puerta.
Despegándome del alma la mochila por un instante —la dejo reposar
en el frío suelo de piedra— contemplo con cansancio un cielo que a fuer
de plomizo amenaza pronta lluvia.
Miro con fruición a mi alrededor como saboreando el fruto de un denso
kilometraje de paisajes, gentes, costumbres que me han repletado
hasta devenir en otra persona, renovada, mejor.
Me agacho —mis rodillas protestan— a la altura de mi fiel compañera para
erguirla sobre mi espalda y proseguir la marcha —hay que buscar alojamiento—.
Algo me dice de este aire —quizás sea de esta luz— que mi hábito viajero
de no repetir estancia dos noches consecutivas va a sufrir un serio traspié.
Voy a acercarme al espacio acuático que se me abre en esta plaza, ¿A ver su
nombre?, sí, Plaza Wieland, será seguramente en honor del gran romántico
badenés, poeta, músico y editor. Parece que se me acerca un viejo que se hace
acompañar por un pachucho perro y un organillo de feria que tañe con maestría,
al parecer. ¡Eh señor, que tal! ¿Sabe por aquí una fonda donde hacer noche?
¡No muy lejos de aquí, dos calles más abajo encontrará pensión y barata!
Gracias, ¿Su nombre?, Joseph, ¿y el suyo?, ya lo sabrá a su debido tiempo.
Me encanta alzar la mirada hacia la copa de los árboles y las gárgolas medievales
que ansían vomitar el agua llovediza que, por cierto, está al caer.
Los lugareños —llamados por la presencia desacostumbrada de un forastero—
no retiran el ojo de mis pasos; hasta alguna mujer —por cierto, de buen ver—
me admira sonriendo satisfecha.
Creo haber llegado, según las señas del organillero.Tocaré la aldaba.
Que sea hasta mañana. Ahora me toca descansar de tan ardua singladura.