Tus estrías
Tus estrías son lo más hermoso que mis ojos han contemplado: ríos de plata que serpentean por la seda de tus caderas, sendas de nácar que tallan mapas secretos en tus muslos, y yo las recorro con la mirada como quien bebe luz de luna.
Me deleito en esas curvas donde la piel se abre como pétalos después de la lluvia; cada estría es un susurro de terciopelo bajo mis dedos, un sabor a miel salvaje en la punta de mi lengua, un aroma a tierra fértil cuando el cuerpo florece. Déjame saborearlas despacio, como quien lame la sal del mar en la piel cálida del verano; déjame oler en ellas el perfume de la vida que se estira, déjame escuchar el leve crujir de la seda cuando tu risa las hace danzar.
Oh divina mujer, cuando tus estrías comienzan a florecer ramas de jazmín plateado sobre el tronco de tu deseo, muchas veces llegan como medallas de guerra tras traer al mundo un ángel; otras, simplemente porque tu cuerpo decide estallar en flor, como un jardín que rompe la tierra para ser más bello. Nunca te avergüences, divina mujer, de esas vetas de luz que cruzan tu piel.
Para mí son ríos de leche y miel, senderos de caricias que saben a eternidad. No importa quién diga lo contrario: tus estrías son el perfume más embriagador, el sabor más dulce, la música más suave que mi alma ha conocido.