Alberto López Serrano

EL DOMADOR DE CABALLOS

EL DOMADOR DE CABALLOS

 

Estás oculta en un rincón aparte.

A medio punto tejes casi a ciegas

un manto grueso, púrpura y muy largo,

salpicado de flores de colores

que has bordado mecánica, hábilmente.

Hebra en tus dedos pálidos: derecho.

Máquina ansiosa y perfección: revés.

 

Ciñe tu talle el peplo de la boda.

Los trenzados adornos del tocado

apenas brillan al candil que lanza

su luz perdida… y alta la techumbre.

La sombra de tu velo casi inmóvil,

apenas sostenido en la diadema,

te enreda en la pared y te contiene.

¡Qué bello lo obtuviste de la diosa!

¡Qué alegre te veías de su mano!

¡Qué fuerte te abrazaba sobre el carro

mientras entrabas a vivir en Troya!

 

La médula del niño está en el plato.

Después se dormirá con la nodriza.

El ruido del fogón te reconforta.

El agua se calienta para el baño

cuando vuelva agotado de los golpes,

cuando tibio le laves las heridas,

cuando tibio lo mires a los ojos.

 

Ya bajo el fuego el trípode te anuncia

que dejes las agujas y tu manto,

y esperes destejerte entre sus brazos.

Apartas lento el velo de tu oreja,

pero no oyes las puertas que se empujan,

sólo un leve rumor que desde afuera

te va a romper el cráneo contra el muro.

 

La luz en el candil se descompone.

Ansiosa tiras todo contra el piso.

El agua hierve loca y pareciera

llamarte a voces no vayas afuera

mientras ya sin control se desparrama.

El fuego te ve ansiosa y descompuesta.

El fuego sabe que el feroz Aquiles…

El fuego bajo el trípode se calla.

 

 

Del libro \"El domador de caballos\" 

Alkimia Libros, San Salvador, 2013