Alberto Escobar

Rabia

 

Fue la bota que colmó
el paso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Empezaba a agotarse.
Era la víspera de una pequeña vacación de tres días.
Venía acercándose la hora de colgar los cascos para no volverlos
a coger durante un día más de lo acostumbrado en fin de semana,
el viernes fue festivo.
La mañana se iba tiñendo de un color oscuro que tiznaba;
las llamadas, una más complicada que la anterior tanto
en lo emocional como en lo administrativo.
Desde las dos de la tarde inició su cuenta atrás, los minutos eran
horas y los segundos minutos; sus ganas por espantar los cascos
contra la mesa cada vez mayores.
La última media hora asomaba por la esquina del reloj, pensaba
en sus planes y se le alegraba la cara, no llegaba la hora...
Acostumbraba cada día a tomarse los últimos cinco minutos para
evitar que le entrara una llamada postrera que le obligarse a plegar
más tarde de la hora convenida, el tiempo extra quedaba en el limbo
del convenio colectivo.
Daban las cuatro y veinticinco cuando accionó la opción de descanso
breve; pudo hacerlo a tiempo porque en ese momento se encontraba
disponible y sin llamada que atender.
Justo al minuto de entrada la pausa se desliza una llamada por su línea
telefónica, no, por dios, maldijo a todos los santos, debió de ser un error
más de los muchos que acostumbraba el sistema, que estaba por debajo
de las exigencias informáticas que requería tamaño servicio.
Fue tal la rabia que recorrió sus circuitos que no pudo por menos de pisar
la tecla de colgar para que la llamada cesase.
Con ese gesto, y sin él presumirlo ni por asomo, se accionó una bala virtual
por entre las fibras de vidrio de la transmisión que de estampida salió por
el auricular de la llamante, por cierto era mujer, para dar de bruces contra
el suelo y un hilo de sangre certificando la tragedia.
Tal fue la rabia...