Sepulcro Beltran

La sinfonía de Pamela.

 

 

 

Había llegado cansado a la casa, el trabajo era más que agotador, muy tedioso, en cuanto entre me senté en mi viejo sillón, quería leer, pero el sueño me ganó la partida y quedé profundamente dormido, recuerdo que al despertar, me encontraba en otra parte, cuatro paredes blancas con un extraño tacto blando, como los viejos cojines de la casa de la madre de mi padre (nuca nos referíamos a ella por “abuela”, ella no nos quería, como no quería a mi padre) el color del cuarto era blanco como la cara de la luna, y en él, una extraña puerta de color negro, a pesar de que parecía el cuarto de un manicomio, yo no tenía puesta camisa de fuerza alguna.

 

 

Tenía pues, en ese mismo cuarto mi sillón, ese mismo sillón dónde dejé la mayor parte de mi juventud, adentrándome en viejos libros de ciencias y de filosofías muertas, mismos que no podía llegar a comprender del todo, pero que desesperadamente trataba de asimilar, como si yo tratase de encontrar su  motivo, ese que la llevo a irse lejos... contiguo al sillón estaba un pequeño buró de fina madera de cedro, lo sé por el peculiar aroma que desprendía el pequeño mueble, el cual por momentos suprimía el aroma a hospital y medicinas que desprendía el extraño cuarto en el que ahora me encontraba, en la parte de arriba del buró se encontraba un pequeño sobre con letras rojas, el cual por alguna extraña razón me producía más que curiosidad, una sensación de miedo indescriptible, pues yo sabía que de alguna manera todo lo que en ese cuarto estaba sucediendo no era normal, decidí tranquilizarme un poco y tratar de relajarme, junto al sobre estaba una pequeña copa de cristal cortado y una botella del mismo material, el cual contenía un líquido color carmesí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya adentrada en horas la madrugada, una extraña, pero familiar melodía, empezó a ambientar todo aquel fúnebre sueño, la cual iba en crescendo, hasta que me fue más fácil saber de dónde venía esa melodía, era junto al sillón, en el cajón del buró donde sonaba esa extraña melodía, la que siempre sonaba en el cuarto de Pamela, fallecida años atrás por esa extraña enfermedad, que se llevó su juventud y bella sonrisa en poco tiempo.

 

 

pamela tenía un pequeño alhajero musical que ponía a funcionar cuando cepillaba su largo cabello negro, pero desde que falleció nunca más se volvió a de ese alhajero, pero hoy, en este cuarto, donde el tiempo transcurre de manera diferente, dónde la lógica pierde terreno ante lo irracional, puedo entender que el sonido de ese joyero me hace sentir que la cordura de mi mente se escapaba poco a poco de mi ser, abrí el cajón y no estaba la maldita caja, solo un objeto raro al fondo de el cajón del buró, era plateado y al sacarlo pude darme cuenta que era el cepillo de pelo que ella utilizaba, y el sonido provenía de el mismísimo cepillo, que con la vibración de los pequeños filamentos hacía sonar esa maldita sinfonía (la cual en esos momentos ya se llevaba a pasos agigantados mi escasa cordura) entonces el llanto me invadió al no poder dejar de escuchar la canción, y de pronto la canción no fue más, desperté en mi vieja casa, en mi oscuro cuarto, con él pulso agitado, bañado en un sudor frio y entonces, solo para estar seguro, baje al sótano de mi vieja casa a ver con mis propios ojos que Pamela seguía ahí, en la tumba improvisada que yo cave con mis propias manos.

 

 

 

 

Bellas lunas.